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  • Theron

    Theron

    En los claros del bosque y en sus rincones, cuando la niebla aún no ha despertado del todo, aparece Theron.


    No llega  desde un lugar, ni se le ve marcharse.
    Abre su abrigo y su pecho, y deja ver el signo que guarda y que ofrece:
    una antorcha viva, en torno a la cual se entrelazan dos serpientes de luz.


    Quien le contempla  solo ve  movimiento luminoso:  danza de la corriente que une lo que sufre con lo que sana.

    Theron es lo que se necesita.


    Cuando su gesto se completa, su cuerpo comienza a disolverse y se filtra en el suelo húmedo, entra en las raíces, en los hongos, en los cuerpos que aún duermen.


    Ese gesto de Theron, de exponerse, de dejar que su interior se vea, es el  modo en  el que la vida misma se regenera en Hospitalaria. Al mostrarse sin defensa, la energía vuelve a circular.

    Este ciclo de disolverse y renacer le vincula con el movimiento perpetuo del bosque, con la respiración de la tierra.


    Cuando Theron se disuelve, sus partículas luminosas se mezclan con el suelo. Cuando vuelve a tomar forma, lo hace  porque el bosque lo  recuerda y  lo recrea. Su identidad no es fija.
    Renace cuando el bosque le llama.


    Su presencia deja un rastro de claridad en las hojas, como si la tierra recordara haber sido curada por un ser que sabía abrirse sin miedo.


    Siempre es igual, nunca es el mismo.

  • Experiencia cotidiana.

    El bosque junto a mi casa.

    Lo  que siento,  no está en las palabras que digo, no está en las fotos que saco, ni está en los dibujos que hago.
    Ni siquiera es un sentimiento y ni siquiera está en mí. Es puesto en marcha por todo lo que me rodea.
    No sé lo que soy y realmente tampoco me importa saberlo. Solo sé que tengo a veces la fortuna y otras veces el infortunio,  de estar, de observar, de participar de todo esto.
    Partiendo de ahí, pienso simultáneamente en continua ambivalencia. No puedo vivir sin 🫆 identidad:  la admito transitoria y cambiante.
    Percibo el mundo siempre a través de esta lente ambivalente. Sé que no veo “lo que es”, sino lo que significa para mí: lo que envío a ese objeto, a ese fenómeno. El símbolo en el que lo constituyo.  Cada gesto, cada palabra, cada objeto cotidiano es símbolo. El barrunto que me acerca a la realidad «tal cual es» guía a mi curiosidad y me aleja de los lugares comunes. En la vida cotidiana: cien veces de cada ciento cinco que voy al bosque a pasear: acabo entre las zarzas, fuera de los caminos.
    Este siendo  es la condición de mi existir. Sabiendo  que interpreto y que significo, sé  que creo sentido antes de crear cosas. Que este sentido sea trascendente, y así, las cosas creadas, hablarán de lo que hay más allá de sí mismas: la realidad tal cual es.
    No hay remedio: el pensamiento simbólico es la raíz de toda creación. Este diseño biológico me permite anticipar, imaginar y proyectar, y me conecta con la existencia plural de los seres y los fenómenos.


    Sospecho que antes de la palabra escrita, antes del mito  y  obviamente antes de la institución, esta pulsión de simbolizarlo todo venía trotando, salvaje, entre las partículas del polvo estelar. Y se enroscó  en esta efusión de vida, la humana,  que  cree habitar  un mundo pequeño, algo que solo existe en la medida de  lo  que puede significar día a día, minuto a minuto, instante a instante.
    Crear, entonces y obviamente, no comienza en un taller ni en una galería: comienza cada vez que hacemos que algo tenga sentido, cada vez que hacemos que  nuestra experiencia se vuelva comunicable.


    Todo gesto, diminuto, despistado, deliberado o extenso en el espacio/tiempo, es un acto de creación simbólica. Y estoy empezando a sospechar que hasta las flores y las piedras portan este fenómeno en sus ADN 🧬

  • Dia 8.¿Qué hacemos con el terror del mundo?

    Pequeño boceto para convertir en chapas. Busco frases más allá de la denuncia.

    Hay días en que siento que la historia humana me pesa demasiado.

    Ciclicamente me desespero y me hundo en la tristeza, hasta profundidades peligrosas. Nos pasa a muchas personas a las que nos cuesta aceptar y acoger la realidad tal y como es. Es una cuestión quizá de madurar hasta acoger la humanidad completa, la propia y la ajena: acoger lo mejor y también lo más horroroso y repugnante. Acogerlo y transformar el horror y el rechazo en compasión. Aceptar que todos los seres humanos somos capaces de lo mejor y también capaces de crear inimaginables cantidades de sufrimiento. Aceptar que esto es así para todos los seres humanos: yo y cualquiera. Es duro, pero es la realidad.

    Ahora Gaza, los conflictos interminables, el colonialismo, la miseria fabricada a medida de la banalidad de nuestro confort. Y de nuevo la certeza de que la historia siempre la escriben los que ganan por la fuerza, por la muerte. Y de nuevo la certeza de que vivimos ignoranes, engañadxs, en un relato de los sucesos que no se corresponde con la realidad de su origen. El último ejemplo para mí: me he criado instruida en que Hamás es un grupo terrorista. Y en estos días cuelgan y asesinan a grupos de personas palestinas por colaborar con Israel: La rueda del odio.  Bueno, y a esto le puede seguir una cola casi infinita de mentiras que se acumulan sobre verdades engarzadas en mentiras…

    La pregunta que me acompaña es: ¿qué posición tomar ante tanto sufrimiento?, ¿cómo no caer en el desánimo ni en la indiferencia?, ¿como no dejarme arrastrar por el odio hacia mí misma y hacia esa parte ciega y cruel que todxs llevamos con nosotrxs?

    Estas reflexiones son de una índole íntima, relacionadas con valores, con mis formas de comprender la vida, las relaciones con quienes me rodean, con el ambiente, con la cultura. Reflexiones que van describiendo el sentido que le doy a mi existencia. Puedo decir que son: reflexiones espirituales.

    Lo que he comprendido —y sigo aprendiendo— es que exixte el activismo espiritual, y que no consiste en mirar hacia otro lado ni en anestesiarse, sino en elegir una manera distinta de vivir y de  resistir. Porque somos la resistencia. Nací ya en la resistencia, en la renuncia radical a añadir más dolor al mundo.

    No callar, no odiar, no desesperar. Esa es la difícil posición.

    • No callar, porque el silencio cómodo alimenta la impunidad. Informarme, compartir, estar presente en las conversaciones incómodas, levantar la voz por quienes son silenciados.
    • No odiar, porque el odio multiplica la violencia y acaba devorando incluso a quienes luchan por la justicia. Condeno los actos, las políticas y las estructuras que generan muerte y opresión, pero no renuncio a ver la humanidad, incluso en quienes actúan con crueldad, desde la ignorancia.
    • No desesperar, porque la desesperanza nos paraliza y deja el camino libre a la violencia. La paciencia histórica significa recordar que cada semilla de confianza, de comprensión, de memoria y de resistencia cuenta, aunque no veamos de inmediato sus frutos.

    Desde este lugar, las acciones posibles para mí son muy modestas y se abren en distintos planos:

    • Lo cotidiano: informarme con fuentes confiables, apoyar iniciativas solidarias, participar en manifestaciones, donar cuando es posible.
    • Lo simbólico: escribir, crear, hacer arte como testimonio de compasión y denuncia. Quizá pueda hacer aún más cosas: invitar a vigilias meditativas, inventar gestos para la memoria del sufrimiento de los demás.
    • Lo interior: cuidar mi corazón, porque no puedo sostener a otros si me dejo consumir por la rabia o el dolor. La paciencia con la humanidad empieza con la paciencia conmigo misma.

    El activismo espiritual es esto: resistir sin perder el alma, mantener la llama de la compasión y de la ternura en medio de la oscuridad. Es un compromiso profundo que busca transformar el mundo sin reproducir las lógicas que lo destruyen.

    Hoy, frente al horror, frente al engaño permanente, frente al sadismo rampante, mi compromiso es claro y constante: no callar, no odiar, no desesperar. Y desde ahí, actuar: actuar en cada segundo de mi vida: con atención, ternura y compasión hacia mí y hacia todos los seres por igual. Este es el gran antídoto contra el horror, contra el dolor. Para aplicarlo bien es necesario no perder de vista la herida, el sufrimiento.

  • Día 6. Paseo y gratitud

    Aquí está la emoción de mi paseo, en lo que voy viendo a cada paso  que doy. Cada planta, cada brisa me parece una maravilla, un milagro un regalo y la emoción de esta gratitud hace que me sienta más profundamente enraizada, más profundamente conectada con mi propia vida. Quiero compartir esta sensación de bienestar, esta sensación de satisfacción. Ojalá todas las personas pudieran sentirse bien felices y en paz.

    Cuando creo, lo hago desde un estado de gratitud que reconoce todo lo que he recibido, ya sea de la naturaleza, de las personas que me rodean o de mí misma. Esa gratitud abre mi corazón y me impulsa a ser generosa, a compartir lo que todo este proceso crea en mi, porque no me pertenece. Y en ese acto de creación, siento que mi destinatario no es solo el mundo exterior, sino también esa conexión profunda que comparto con todos los seres y conmigo misma. De esta forma, estas creaciones se convierten en  puentes de gratitud y generosidad, abierto a todos. Esta es mi aspiración.

  • Dia 5. Vivo en el bosque que voy cultivando. (Notas sobre Hospitalaria)

    2025, 22 de julio,martes.

    Tengo 61 años y vivo en el bosque que he estado plantando todo este tiempo, este que sigo plantando y cultivando.

    Camino por este bosque que yo misma estoy plantando: elijo un sendero, deteniéndome aquí o allá para cuidar, explorar o simplemente contemplar. No importa si no recorro cada rincón de este bosque, porque el bosque sigue creciendo conmigo.


    Este es mi paisaje y se llama «Hospitalaria»; algo que me precede y que es también una aspiración.
    Esto no es un proyecto artístico, es una vida entera de experiencias, reflexiones y creatividad que se ha ido entrelazando, y formando este universo tan rico.

    No es un lugar físico en un sentido convencional. sino la manifestación de una espiritualidad propia, mis valores, conjuntos éticos y todo aquello que me permite contactar con el mundo y buscar su realidad, en forma plena.

    El bosque, con sus jardines, cuevas, rincones y secretos, es un espacio donde encuentro los recursos internos que me permiten vivr con propósito y compasión. Este es el refugio en el que -lejos de evadirme u olvidarme de lo que me rodea- puedo pensar en mi relación con las cosas, conmigo; es el refugio que me permite comprender y estar presente en la realidad de un un modo más activo, saludable, creador, beneficioso.

    Este bosque, planeta, mundo, mandala, campo búdico, es la forma en la que integro las enseñanzas y principios que guían mi vida, utilizando su representación y su metáfora para hacer accesibles conceptos abstractos y barruntos.
    Hospitalaria es un mundo imaginario que no no solo no huye de la realidad sino que profundiza en ella; como un astronauta profundiza en el espacio, como una arqueóloga profundiza en la tierra que excava, como una buceadora se sumerge en el mar. Hospitalaria se sumerge en la realidad y me permite cultivarla de manera más consciente y amorosa.