
Theron
En los claros del bosque y en sus rincones, cuando la niebla aún no ha despertado del todo, aparece Theron.
No llega desde un lugar, ni se le ve marcharse.
Abre su abrigo y su pecho, y deja ver el signo que guarda y que ofrece:
una antorcha viva, en torno a la cual se entrelazan dos serpientes de luz.
Quien le contempla solo ve movimiento luminoso: danza de la corriente que une lo que sufre con lo que sana.
Theron es lo que se necesita.
Cuando su gesto se completa, su cuerpo comienza a disolverse y se filtra en el suelo húmedo, entra en las raíces, en los hongos, en los cuerpos que aún duermen.
Ese gesto de Theron, de exponerse, de dejar que su interior se vea, es el modo en el que la vida misma se regenera en Hospitalaria. Al mostrarse sin defensa, la energía vuelve a circular.
Este ciclo de disolverse y renacer le vincula con el movimiento perpetuo del bosque, con la respiración de la tierra.
Cuando Theron se disuelve, sus partículas luminosas se mezclan con el suelo. Cuando vuelve a tomar forma, lo hace porque el bosque lo recuerda y lo recrea. Su identidad no es fija.
Renace cuando el bosque le llama.
Su presencia deja un rastro de claridad en las hojas, como si la tierra recordara haber sido curada por un ser que sabía abrirse sin miedo.
Siempre es igual, nunca es el mismo.
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