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  • Detenerse revela el sentido.

    Foto realizada cerca de mi casa. Un campo donde descansan las vacas recién paridas junto a sus preciosas crías.

    Paseo y veo más vacas tumbadas, pacíficamente, con sus terneros paridos hace pocos días. Pienso en ellas y en sus terneros, que serán alimentados y después engordados para ser sacrificados. Los mataremos, no para sobrevivir, sino para » degustar un buen filete». Y estas vacas y terneros son afortunados porque disfrutan de la luz del sol, pastan con tranquilidad, los bebés maman pacíficamente. Otros animales menos afortunados son igualmente sacrificados sin ver nunca  la luz del sol.  Estás actuaciones humanas nos pasan factura de desastre todos los días: crueldad de todo tipo, mirar para otro lado, no sentir responsabilidad,  ignorar nuestra interdependencia, sufrimiento de todo tipo…
    Hay que detenerse.
    Detenerse, observar, pensar, sentir.   Detenerse es un acto sagrado.
    Cuando respiro y contemplo una vaca, cuando imagino los pasos que da en su vida, las crías de cualquier animal de cualquier especie, creciendo, el tiempo y la Tierra que lo hacen posible. No hace falta más para que  se revele una verdad profunda: nada está separado. Todo está tejido. Y ese entendimiento, esa percepción clara, trae consigo una confianza, un gozo sereno. A pesar de todo lo que ocurra, esto ocupa su lugar.

    Esta alegría humilde, serena, nace de mirar con profundidad en todos los lugares, también en los que hay sufrimiento.  Surge cuando la mente se aquieta y deja espacio para que lo invisible hable.

    Sostener una cuchara, sentarse en una silla, escribir con un lápiz, contemplar a mi perra… puede ser una meditación, una forma de honrar a todos los seres, humanos o no, que participan en la existencia de cada cosa. Esta es la práctica de la mirada que descubre  la sacralidad en lo cotidiano.

    Cuando veo así, comprendo la vida entera como un ofrecimiento. Y entonces, como enseñan lxs maestrxs, surge el deseo de cuidar, de agradecer, de aliviar el sufrimiento que también viaja oculto en los seres, en los objetos y en los fenómenos.

    El milagro está aquí. Solo hay que detenerse y mirar. Todo cobra sentido.

  • Plegaria para la alegría.

    Que la belleza no me arrastre.
    Que el gozo no me nuble.
    Que pueda sentir intensamente
    sin perderme en el sentir.

    Que en medio de la alegría recuerde mirar.
    Que en medio del asombro recuerde respirar.
    Que la presencia sea mi raíz,
    aun cuando florezca el entusiasmo.

    Que  cuando todo parece tan brillante,

    no me olvide de mí,
    ni del otro,
    ni del instante.
    .

  • Hacer por hacer

    Pequeños objetos  que hice y que voy encontrando por los cajones.

    Entréme donde no supe
    y quedéme no sabiendo,
    toda ciencia tracendiendo.»
    (San Juan de la Cruz)

    No sé muy bien qué estoy haciendo.
    No hay una idea clara, ni un propósito definido.
    Sólo las manos moviéndose, el cuerpo presente, la materia que me llama.
    Papeles, hilos, tintas, fragmentos. Casi nada.

    No busco un resultado. No pienso en si servirá, si gustará, si valdrá la pena.
    Lo hago por hacer.
    Porque en ese hacer —tan pequeño, tan gratuito— algo se afina.
    Algo en mí se ordena, se vincula.

    Como si al mover estos trozos de cosas, estuviera tocando algo más grande.
    Como si cada gesto tejiera un hilo fino con lo invisible.
    Un hilo que no se ve, pero que  siento.
    Como si el mundo respondiera en silencio,
    como si se abriera una puerta sutil hacia lo extraordinario. Una reverberación devuelve el eco de mis barruntos.

    «Yo no supe dónde entraba,
    pero cuando allí me vi
    sin saber dónde me estaba
    grandes cosas entendí
    no diré lo que sentí
    que me quedé no sabiendo
    toda ciencia trascendiendo.»

    No sé muy bien qué estoy haciendo.
    Y sin embargo, me siento dentro.
    Dentro del momento, dentro del misterio.
    Creando no una obra, sino un vínculo.
    Un objeto nacido de nada, lleno de todo, que va a la nada.

    A veces me pregunto si esto tiene sentido.
    Si no estoy perdiendo el tiempo.
    Pero ¿qué es el tiempo, si no este instante en que me dejo llevar, en que no mido, en el que soy? Un ser constante, siendo.
    No hay productividad aquí.
    No hay eficiencia, ni meta, ni evaluación.
    Sólo la experiencia de estar en relación con algo cuya extensión y profundidad no puedo nombrar.

    «Y sin embargo está.
    De paz y de piedad
    era la ciencia perfecta,
    en profunda soledad
    entendida vía recta
    era cosa tan secreta
    que me quedé balbuciendo
    toda ciencia trascendiendo.»


    Quizá lo que hago no se entienda.
    Quizá nadie lo vea.
    Pero hay algo en mí que se aquieta cuando dejo que las manos hablen.
    Que se afina, como si recordara algo antiguo.
    Una forma de estar que no depende del lenguaje, ni de la lógica, ni del éxito.

    «Estaba tan embebido,
    tan absorto y ajenado,
    que se quedó mi sentido
    de todo sentir privado,
    y el espíritu dotado
    de un entender no entendiendo.
    toda ciencia trascendiendo.»


    El arte, para mí, en mí práctica, no sé sustenta en el objeto terminado.
    Es mas esta disposición, esta manera de entrar en conversación con la materia, con el mundo, con lo sutil.
    A veces basta una línea, una mancha, un pliegue.
    No para representar, sino para vincular, conectar o quizá  para «nada». Es  el rastro de una experiencia compleja.
    Como si cada trazo fuera en su ejecución una antena.
    Una forma de tocar lo que está detrás de las cosas, lo que nos fundamenta.
    Un ejercicio de comprender   con el cuerpo entero. La cognición experimentada en el cuerpo.
    Un compromiso: ser parte reflexiva, afinar la sensibilidad de este instrumento prestado por la vida

    «El que allí llega de veras
    de sí mismo desfallece;
    cuanto sabía primero
    mucho bajo le parece,
    y su ciencia tanto crece,
    que se queda no sabiendo,
    toda ciencia trascendiendo»

    Gran parte de este hacer no lo puedo explicar. Lo intento y lo intento, y cada vez que lo intento observo que apenas alcanzo a apuntarlo.
    Algo que no tiene utilidad aparente, pero deja huella en mi, y es esta transformación la que transforma mi entorno, más allá de los objetos.
    Un gesto pequeño, un trozo de color, una costura sobre papel.
    ¿Para qué sirve?
    No lo sé.
    Y sin embargo, sé que es valioso.

    Porque mientras hago, algo en mí se conecta.
    No con la razón, no con la idea, sino con una capa más honda.
    Una capa que no habla, pero siente.
    Que no explica, pero sabe.
    Un saber que no se enseña, ni se justifica y que voy cultivando a ciegas, a tientas.
    Un saber que se va decantando en el cuerpo, como una sedimentación lenta.
    Y un día aparece en lo cotidiano:
    en cómo toco las cosas,
    en cómo escucho a alguien,
    en cómo respiro cuando dudo.
    No lo he pensado, pero lo hago.
    Porque ese saber ya vive en mí más allá de lo razonable: una lógica absoluta.

    Crear así, sin finalidad, sin utilidad,
    es una parte de mi  entrenamiento invisible.
    Un ejercicio de sensibilidad.
    Como afinar un instrumento que  tiene nombre propio, lo que me permite estar más  despierta, más lúcida  y viva.

    Lo inútil se vuelve fértil.
    Lo gratuito se vuelve sabio.
    Y el cuerpo resulta ser un archivo sutil donde se guarda todo lo que he sentido y deja rastros de sus derivas.
    Todo lo que he tocado con atención.
    Todo lo que he hecho por hacer, por amor a la curiosidad sobre lo que soy.

    «Cuanto más alto se sube,
    tanto menos se entendía,
    que es la tenebrosa nube
    que a la noche esclarecía:
    por eso quien la sabía
    queda siempre no sabiendo,
    toda ciencia trascendiendo. «

    Y el cuerpo se muestra como  el soporte de la maravilla, su instrumento, su receptor.
    Un filtro poroso que recoge, transforma y devuelve.
    Como el humilde mejillón que filtra el agua del mar,
    mi cuerpo recibe la experiencia, la digiere, la decanta.
    Y luego, sin que yo lo decida, la devuelve al mundo en forma de acciones menos erradas, mayor comprensión y compasión, palabras más apropiadas  gestos,  miradas… Ojalá pudiera ser esa ostra maravillosa que transforma una basura en una fabulosa perla.  Quizá podamos hacer esto con nuestras vidas?

    Hay una alquimia silenciosa en esa labor.
    Una responsabilidad íntima.
    Porque sé que no sólo tomo del mundo: también devuelvo.
    Y lo que devuelvo, ojalá, sea más claro, más vivo, más amable.
    Una energía depurada,
    algo que alimente, aunque sea apenas.
    Algo que pase por mí, y al pasar, se afine.

    Por eso crear, aun sin saber por qué,
    es un acto que me vincula con todos los seres.
    Una forma sutil de cuidar.
    De volver más limpio el agua que me atraviesa.
    De participar en ese flujo invisible donde todo se toca,
    donde todo se transforma.

    «Este saber no sabiendo
    es de tan alto poder,
    que los sabios arguyendo
    jamás le pueden vencer;
    que no llega su saber
    a no entender entendiendo.

    Y es de tan alta excelencia
    aqueste sumo saber,
    que no hay facultad ni ciencia
    que la puedan emprender;
    quien se supiere vencer
    con un no saber sabiendo,
    irá siempre trascendiendo.

    «Y, si lo queréis oír,
    consiste esta suma ciencia
    en un subido sentir
    de la divinal esencia;
    es obra de su clemencia
    hacer quedar no entendiendo,
    toda ciencia trascendiendo.»

  • Lo sagrado en lo cotidiano.

    Vasos, tazas, platos y cubiertos en la pila de mi fregadero.

    Tendemos a separar “naturaleza” de “tecnología” o “objeto”, como si sólo lo verde y lo salvaje fueran lo natural. Pero todo, absolutamente todo, proviene de la Tierra y ha sido tocado por muchas manos, procesos, historias.
    Este bolígrafo, el vaso en el que bebo ¿de qué materiales está hecho? ¿De dónde vienen? ¿Qué personas lo ensamblaron? ¿Cómo llegó a mis manos?
    La red invisible que forma nuestra vida cotidiana:  ese entramado silencioso y vasto que sostiene cada objeto, cada acción, cada comodidad que damos por sentada.
    Un simple vaso de cristal. No solo es un recipiente: está hecho de arena, que ha sido fundida a altísimas temperaturas. Esa arena fue extraída de la tierra por alguien. Luego, hubo personas que diseñaron el vaso, que lo moldearon, que lo empaquetaron, lo transportaron, lo pusieron en una tienda…y llegó  hasta mi. Todo eso está contenido en el gesto de sostenerlo y beber.
    Lo mismo con un zapato, una silla, una cuchara, tu teléfono, un trozo de papel. Todo está tejido con materiales de la Tierra y con el trabajo humano o no humano, acumulado a lo largo del tiempo. Pero como vivimos rodeados de objetos, a menudo olvidamos mirar así. No vemos la red, sólo el resultado.
    Es esta mirada más profunda, más extensa y detenida la que revela la sacralidad en lo cotidiano. Cuando detenemos la prisa y reconocemos lo invisible, lo oculto, lo que normalmente se da por hecho, el universo entero revela sus maravillas. Esa red de materiales, leyes universales,  manos, interdependencia,  saberes complejos y tiempo… al contemplarla, al intuirla, comprendo lo extraordinario, lo milagroso.

    Lo sagrado no está  en lo raro o en lo  sublime, sino en el modo de mirar. Un bolígrafo es sagrado cuando lo veo  como la punta final de una historia que empieza en la Tierra, en sus minerales enterrados, pasa por fábricas hechas también con los regalos de la Tierra, , manos humanas, rutas de comercio, y llega a mi para  ayudarme a trazar mis pensamientos sobre papel. Cuando escribo con él, estoy participando en esa red. Siempre estoy participando de ella.
    Cuando somos capaces de mirar un vaso, un zapato, un bolígrafo —no como cosas utilitarias, sino como presencias tejidas por la Tierra y por muchas manos—, hacemos visible la red invisible. Y si al mirar o al tocar ese objeto, lo detenemos con nuestra atención, con cuidado, con gratitud… estamos haciendo lo que Dissanayake llama “making special”: transformamos lo ordinario en extraordinario.
    La antropóloga Ellen Dissanayake, en su libro «Homo Aestheticus» y en otros escritos, propone que el arte nace del deseo de resaltar, enmarcar, ritualizar esta mirada reflexiva, esta conciencia de interdependencia. Lo que se quiere proteger, honrar o recordar se embellece, se transforma: una piedra se pinta, una comida se decora, un objeto se canta o se ofrece. El arte surge como una manera de otorgar el  significado que aporta este descubrimiento de la conciencia:  la absoluta interconexión e interdependencia con todos los seres, objetos y fenómenos.
    Ante semejante perspectiva solo puedo agradecer, venerar y regocijarme en la humildad que surge en mi como un refugio.




  • Al despertar

    Al Despertar, sin Prisa

    Despierto en la niebla del cuerpo,
    como tierra húmeda que aún no conoce el sol.
    No hay prisa.
    Mi aliento está aquí, tibio, silencioso.
    Con cada exhalación, un desanudarme, un desentumecimiento,  un poco de bienestar.
    Con cada inhalación, me acojo. Observo quienes son hoy mis acompañantes, ahora.
    Antes de cualquier deber,
    antes de cualquier forma,
    simplemente estoy.
    Esto también es presencia.
    Esto también es plegaria.

    La primera plegaria cada día.

    [Voy acomodando poco a poco los cambios que el envejecimiento provocan en mi cuerpo. Los que noto. Me levanto algo entumecida cada día y dedico un rato a estirarme, a despertar mi cuerpo con cariño]