

Entréme donde no supe
y quedéme no sabiendo,
toda ciencia tracendiendo.»
(San Juan de la Cruz)
No sé muy bien qué estoy haciendo.
No hay una idea clara, ni un propósito definido.
Sólo las manos moviéndose, el cuerpo presente, la materia que me llama.
Papeles, hilos, tintas, fragmentos. Casi nada.
No busco un resultado. No pienso en si servirá, si gustará, si valdrá la pena.
Lo hago por hacer.
Porque en ese hacer —tan pequeño, tan gratuito— algo se afina.
Algo en mí se ordena, se vincula.
Como si al mover estos trozos de cosas, estuviera tocando algo más grande.
Como si cada gesto tejiera un hilo fino con lo invisible.
Un hilo que no se ve, pero que siento.
Como si el mundo respondiera en silencio,
como si se abriera una puerta sutil hacia lo extraordinario. Una reverberación devuelve el eco de mis barruntos.
«Yo no supe dónde entraba,
pero cuando allí me vi
sin saber dónde me estaba
grandes cosas entendí
no diré lo que sentí
que me quedé no sabiendo
toda ciencia trascendiendo.»
No sé muy bien qué estoy haciendo.
Y sin embargo, me siento dentro.
Dentro del momento, dentro del misterio.
Creando no una obra, sino un vínculo.
Un objeto nacido de nada, lleno de todo, que va a la nada.
A veces me pregunto si esto tiene sentido.
Si no estoy perdiendo el tiempo.
Pero ¿qué es el tiempo, si no este instante en que me dejo llevar, en que no mido, en el que soy? Un ser constante, siendo.
No hay productividad aquí.
No hay eficiencia, ni meta, ni evaluación.
Sólo la experiencia de estar en relación con algo cuya extensión y profundidad no puedo nombrar.
«Y sin embargo está.
De paz y de piedad
era la ciencia perfecta,
en profunda soledad
entendida vía recta
era cosa tan secreta
que me quedé balbuciendo
toda ciencia trascendiendo.»
Quizá lo que hago no se entienda.
Quizá nadie lo vea.
Pero hay algo en mí que se aquieta cuando dejo que las manos hablen.
Que se afina, como si recordara algo antiguo.
Una forma de estar que no depende del lenguaje, ni de la lógica, ni del éxito.
«Estaba tan embebido,
tan absorto y ajenado,
que se quedó mi sentido
de todo sentir privado,
y el espíritu dotado
de un entender no entendiendo.
toda ciencia trascendiendo.»
El arte, para mí, en mí práctica, no sé sustenta en el objeto terminado.
Es mas esta disposición, esta manera de entrar en conversación con la materia, con el mundo, con lo sutil.
A veces basta una línea, una mancha, un pliegue.
No para representar, sino para vincular, conectar o quizá para «nada». Es el rastro de una experiencia compleja.
Como si cada trazo fuera en su ejecución una antena.
Una forma de tocar lo que está detrás de las cosas, lo que nos fundamenta.
Un ejercicio de comprender con el cuerpo entero. La cognición experimentada en el cuerpo.
Un compromiso: ser parte reflexiva, afinar la sensibilidad de este instrumento prestado por la vida
«El que allí llega de veras
de sí mismo desfallece;
cuanto sabía primero
mucho bajo le parece,
y su ciencia tanto crece,
que se queda no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo»
Gran parte de este hacer no lo puedo explicar. Lo intento y lo intento, y cada vez que lo intento observo que apenas alcanzo a apuntarlo.
Algo que no tiene utilidad aparente, pero deja huella en mi, y es esta transformación la que transforma mi entorno, más allá de los objetos.
Un gesto pequeño, un trozo de color, una costura sobre papel.
¿Para qué sirve?
No lo sé.
Y sin embargo, sé que es valioso.
Porque mientras hago, algo en mí se conecta.
No con la razón, no con la idea, sino con una capa más honda.
Una capa que no habla, pero siente.
Que no explica, pero sabe.
Un saber que no se enseña, ni se justifica y que voy cultivando a ciegas, a tientas.
Un saber que se va decantando en el cuerpo, como una sedimentación lenta.
Y un día aparece en lo cotidiano:
en cómo toco las cosas,
en cómo escucho a alguien,
en cómo respiro cuando dudo.
No lo he pensado, pero lo hago.
Porque ese saber ya vive en mí más allá de lo razonable: una lógica absoluta.
Crear así, sin finalidad, sin utilidad,
es una parte de mi entrenamiento invisible.
Un ejercicio de sensibilidad.
Como afinar un instrumento que tiene nombre propio, lo que me permite estar más despierta, más lúcida y viva.
Lo inútil se vuelve fértil.
Lo gratuito se vuelve sabio.
Y el cuerpo resulta ser un archivo sutil donde se guarda todo lo que he sentido y deja rastros de sus derivas.
Todo lo que he tocado con atención.
Todo lo que he hecho por hacer, por amor a la curiosidad sobre lo que soy.
«Cuanto más alto se sube,
tanto menos se entendía,
que es la tenebrosa nube
que a la noche esclarecía:
por eso quien la sabía
queda siempre no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo. «
Y el cuerpo se muestra como el soporte de la maravilla, su instrumento, su receptor.
Un filtro poroso que recoge, transforma y devuelve.
Como el humilde mejillón que filtra el agua del mar,
mi cuerpo recibe la experiencia, la digiere, la decanta.
Y luego, sin que yo lo decida, la devuelve al mundo en forma de acciones menos erradas, mayor comprensión y compasión, palabras más apropiadas gestos, miradas… Ojalá pudiera ser esa ostra maravillosa que transforma una basura en una fabulosa perla. Quizá podamos hacer esto con nuestras vidas?
Hay una alquimia silenciosa en esa labor.
Una responsabilidad íntima.
Porque sé que no sólo tomo del mundo: también devuelvo.
Y lo que devuelvo, ojalá, sea más claro, más vivo, más amable.
Una energía depurada,
algo que alimente, aunque sea apenas.
Algo que pase por mí, y al pasar, se afine.
Por eso crear, aun sin saber por qué,
es un acto que me vincula con todos los seres.
Una forma sutil de cuidar.
De volver más limpio el agua que me atraviesa.
De participar en ese flujo invisible donde todo se toca,
donde todo se transforma.
«Este saber no sabiendo
es de tan alto poder,
que los sabios arguyendo
jamás le pueden vencer;
que no llega su saber
a no entender entendiendo.
Y es de tan alta excelencia
aqueste sumo saber,
que no hay facultad ni ciencia
que la puedan emprender;
quien se supiere vencer
con un no saber sabiendo,
irá siempre trascendiendo.
«Y, si lo queréis oír,
consiste esta suma ciencia
en un subido sentir
de la divinal esencia;
es obra de su clemencia
hacer quedar no entendiendo,
toda ciencia trascendiendo.»
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