HOSPITALARIA ARTWORKS

Aceptación y reconocimiento. Contemplación de la vida cotidiana, como actividad artística, para el bien común.

Lo sagrado en lo cotidiano.

Vasos, tazas, platos y cubiertos en la pila de mi fregadero.

Tendemos a separar “naturaleza” de “tecnología” o “objeto”, como si sólo lo verde y lo salvaje fueran lo natural. Pero todo, absolutamente todo, proviene de la Tierra y ha sido tocado por muchas manos, procesos, historias.
Este bolígrafo, el vaso en el que bebo ¿de qué materiales está hecho? ¿De dónde vienen? ¿Qué personas lo ensamblaron? ¿Cómo llegó a mis manos?
La red invisible que forma nuestra vida cotidiana:  ese entramado silencioso y vasto que sostiene cada objeto, cada acción, cada comodidad que damos por sentada.
Un simple vaso de cristal. No solo es un recipiente: está hecho de arena, que ha sido fundida a altísimas temperaturas. Esa arena fue extraída de la tierra por alguien. Luego, hubo personas que diseñaron el vaso, que lo moldearon, que lo empaquetaron, lo transportaron, lo pusieron en una tienda…y llegó  hasta mi. Todo eso está contenido en el gesto de sostenerlo y beber.
Lo mismo con un zapato, una silla, una cuchara, tu teléfono, un trozo de papel. Todo está tejido con materiales de la Tierra y con el trabajo humano o no humano, acumulado a lo largo del tiempo. Pero como vivimos rodeados de objetos, a menudo olvidamos mirar así. No vemos la red, sólo el resultado.
Es esta mirada más profunda, más extensa y detenida la que revela la sacralidad en lo cotidiano. Cuando detenemos la prisa y reconocemos lo invisible, lo oculto, lo que normalmente se da por hecho, el universo entero revela sus maravillas. Esa red de materiales, leyes universales,  manos, interdependencia,  saberes complejos y tiempo… al contemplarla, al intuirla, comprendo lo extraordinario, lo milagroso.

Lo sagrado no está  en lo raro o en lo  sublime, sino en el modo de mirar. Un bolígrafo es sagrado cuando lo veo  como la punta final de una historia que empieza en la Tierra, en sus minerales enterrados, pasa por fábricas hechas también con los regalos de la Tierra, , manos humanas, rutas de comercio, y llega a mi para  ayudarme a trazar mis pensamientos sobre papel. Cuando escribo con él, estoy participando en esa red. Siempre estoy participando de ella.
Cuando somos capaces de mirar un vaso, un zapato, un bolígrafo —no como cosas utilitarias, sino como presencias tejidas por la Tierra y por muchas manos—, hacemos visible la red invisible. Y si al mirar o al tocar ese objeto, lo detenemos con nuestra atención, con cuidado, con gratitud… estamos haciendo lo que Dissanayake llama “making special”: transformamos lo ordinario en extraordinario.
La antropóloga Ellen Dissanayake, en su libro «Homo Aestheticus» y en otros escritos, propone que el arte nace del deseo de resaltar, enmarcar, ritualizar esta mirada reflexiva, esta conciencia de interdependencia. Lo que se quiere proteger, honrar o recordar se embellece, se transforma: una piedra se pinta, una comida se decora, un objeto se canta o se ofrece. El arte surge como una manera de otorgar el  significado que aporta este descubrimiento de la conciencia:  la absoluta interconexión e interdependencia con todos los seres, objetos y fenómenos.
Ante semejante perspectiva solo puedo agradecer, venerar y regocijarme en la humildad que surge en mi como un refugio.




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