
Diario — Miércoles, en mitad del retiro de Tonglen
Hoy me detengo a mirar todo lo que estoy haciendo.
Una vez más, me detengo para valorar a la que soy.
No para justificarme, ni para demostrar nada, sino para honrar este momento de mi vida, esta vida entera en la que pasan tantas cosas. Esta «preciosa vida humana».
Porque a veces olvido que vivir con atención, aprender, cuidar y crear es acción profunda. Me cuesta reconocer lo que hago como algo valioso. No suelo comentarlo, y menos en público. Así que hago esto aquí, también como un nuevo ejercicio de auto-reconocimiento. Pararme y mirar: ¿qué hago con mi vida y con mi tiempo, ¿qué hay a mi alrededor?, ¿qué recibo?, ¿qué aporto?.
Quizá no importa tanto «las cosas que hago» sino la motivación tras ese hacer: responder al empuje de mi curiosidad, a la pulsión y al barrunto de que la vida es una experiencia compartida sin sentido de propiedad.
Estoy siguiendo la formación de ocho años del Instituto Buda Dharma,
una senda larga, paciente, que me enseña a mirar desde la compasión y la claridad.
También curso Budismo Contemporáneo con la Universidad Rovira i Virgili y la Fundación Dharma-Gaia, donde el pensamiento y la práctica se encuentran, y la tradición dialoga con el mundo actual.
La próxima semana comienzo un curso de Psicología Ambiental,
una manera de entender cómo el entorno moldea la mente,
y cómo el arte y la conciencia pueden sanar los espacios que habitamos.
Estoy preparando una imagen para Ediciones Patanegra,
una participación en una carpeta de grabado que me conecta con la materia,
con el gesto de imprimir y dejar huella.
Y en paralelo, de aquí a final de año, estoy diseñando talleres en La Casa Amarilla, un lugar de acogida a pié de calle. Actividades sencillas donde el arte, la cultura y el bienestar se entrelazan, donde deseo que las personas encuentren un modo suave de valorarse a través de la creación.
Además, desde el sábado pasado hasta este próximo sábado,
estoy inmersa en un retiro de Tonglen, con la Comunidad Dharmadatta
respirando el dolor del mundo y el mío propio, y devolviendo alivio,
como si todo mi cuerpo fuera una ofrenda silenciosa.
También estoy cuidando mi cuerpo:
voy al gimnasio cuatro veces por semana,
siento la fuerza y el ritmo volver a mis músculos,
y camino con los perros por el bosque,
respirando el aire húmedo, mirando cómo cambia la luz otoñal entre los árboles.
Mi vida es tranquila y dulce y muchas personas y seres me demuestran amor a diario.
Sí, estoy haciendo muchas cosas.
Pero más que hacer: estoy habitando, con intensidad y con cariño.
Cada estudio, cada paseo, cada respiración consciente, cada dibujo
forma parte de una misma corriente:
un modo de estar viva, presente y agradecida.
Y aquí dejo una vez más lo que pienso, convencida de que no me pertenece.
Honro lo que soy ahora. Solo busco que mi valor respire.
Que respire profundo, sobre todo en los días en los que no hay alfombra bajo los pies y la confianza en unx mismx se va «a comprar tabaco».
En esos momentos, la fuerza de la ternura sostiene la fragilidad. La vulnerabilidad se convierte en fortaleza invencible. La rendición es el triunfo y la ganancia.
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