Siento esta necesidad humana compartida de buscar formas para esta experiencia común de pertenencia a algo mayor. ¿Compartimos todxs este barrunto? Estoy segura de que de alguna u otra forma: sí.
Esta conciencia de interdependencia es la intuición de que nada existe aislado, de que somos nodos en una red infinita. Esa misma intuición que desde que el mundo es mundo se representa como espíritus, fuerzas, presencias en árboles, ríos, piedras, animales, seres sobrenaturales, misterios.. Quizá es lo que desde las religiones teístas, se condensa en la figura de Dios o lo divino como fuente y sostén de todo.
En todos los casos lo que se expresa es un mismo impulso místico: reconocer que la vida que somos no se agota en “yo” o “mi”, sino que apunta a lo ilimitado, o quizá mejor dicho: a una extensión desconocida que intuimos ilimitada. El hecho de que los seres humanos necesitemos figurarlo, darle formas y construir símbolos, quizá sea por que para nosotrxs estos son los puentes entre lo inefable y lo comprensible.
Por eso pienso que siempre hay, en el fondo, una mística —porque el gesto básico es el de abrirse a lo que trasciende lo personal. Luego, la forma que tome (dioses, espíritus, vacío, energía, naturaleza, comunión universal) depende de la cultura, la historia y la sensibilidad de cada unx.
Entonces, esa especie de animismo, alma de las cosas cuando queremos observarlas desnudas de sus simbolos, puede ser la forma en la que perseguimos esa profunda intuición.
Necesitamos representar la realidad. No la vemos tal cual es. Estamos hechxs así.
Y unque tengamos una especie de temor a reconocer lo que es más grande que nosotros, o a abandonar el control materialista, tenemos esa pulsión, somos ese empuje. No darle cauce es como negar un sentido. Es como querer clausurar la vista, o querer negar el oído, querer negar la percepción del tacto. Si lo desviamos, lo negamos, lo interpretamos como si no existiera, a lo único que nos lleva esa negación es a vivir como en una especie de amputación voluntaria. Esta negación o ese intento de controlar la realidad material y no material (con argumentos puramente materialistas) puede hacer que perdamos una parte esencial de nuestra experiencia humana, o que la reprimamos. Al final, esa pulsión de conexión con algo mayor es tan natural y tan inherente que, al ignorarla, simplemente nos privamos de una dimensión vital. Creo que es esto lo que nos enferma. Es una amputación voluntaria que nos deja incompletos, como si limitáramos nuestra percepción y nuestra capacidad de asombro a propósito. Sin embargo, reconocer esta dimensión trascendente y darle su espacio es, sin duda, un camino hacia una vida más plena y más auténtica, porque trascender la inmediatez de lo material, nos conecta con las condiciones de vida de todo lo que nos rodea: con el sufrimiento, el gozo, la alegría, las necesidades de todo lo que «no soy yo».
El animismo puede entenderse como una de las maneras originarias en que la humanidad ha dado cauce a esa intuición profunda: la de que formamos parte de un entramado vivo y que estamos rodeados de presencias, visibles e invisibles, que nos sostienen.
Esta idea de «amputación voluntaria” muestra que negar esta dimensión no la hace desaparecer, solo la reprime. Y esa represión lleva a formas de vacío, desconexión y violencia interior y exterior: la desacralización de la Vida. En cambio, cuando se le da cauce, sea mediante religión, espiritualidad, arte, filosofía, o incluso una relación reflexiva y reverente con la naturaleza o con los hechos de la vida cotidiana, se abre un espacio de plenitud.
Desde ahí, se entiende también que la mística no es un añadido raro, sino algo natural, como una extensión del oído, de la vista o del tacto: una forma de percibir lo invisible, lo mayor, lo que nos contiene, lo que existe «más allá de lo humano», lo que nos trasciende, lo trascendente.
Últimamente, he detectado este conflicto en muchas personas que me rodean y se genera una contradicción interior en la que las personas se quedan atrapadas con mucho dolor. Es decir, por un lado tienen esa intuición de algo que es mayor que ellas, pero no saben qué forma darle, porque el materialismo no ofrece una forma de representación de lo trascendente sin dejar de ser materialismo. Esto les crea un gran conflicto, porque les da miedo soltar el control del universo materialista y al mismo tiempo sienten fuertemente algo con lo que no saben qué hacer. Veo que esto causa mucho dolor. Me pregunto si no será este un conflicto generalizado, incluso una enfermedad social del siglo en el que vivimos, una enfermedad social que ataca a las personas, a la cultura occidental más racionalista y sobre todo más materialista, que no encuentra dónde representar ni cómo representar su trascendencia, porque no se atreve a soltar la seguridad de sus argumentos.
¿Es esta contradicción interna la que lacera la sociedad contemporánea, donde el materialismo tiende a reducir la experiencia humana a lo tangible y a lo cuantificable? Quizá esto está generando una especie de vacío o de incompletitud, una sensación de que falta algo esencial que no puede ser cubierto únicamente con lo material. Y quizá es esa falta de representación o de simbolización de lo trascendente, lo que se convierte en una especie de malestar colectivo, que afecta la salud emocional y espiritual de la sociedad. Es un tema profundo que, sin duda, nos invita a explorar nuevas formas de integrar esa dimensión trascendente en nuestra vida cotidiana.
Pienso que «quizás el arte», pero claro: el arte, al igual que la espiritualidad, corre el riesgo de ser absorbido por dinámicas de consumo, y eso puede diluir la autenticidad o la profundidad de la experiencia. Es como si, al buscar un sentido o una conexión trascendente, nos encontráramos con un mercado que empaqueta esas búsquedas y las convierte en productos. Y, al final, esa búsqueda de sentido se convierte en un consumo más.
Es un tema complejo que me hace preguntarme constantemente si es posible preservar la autenticidad y la profundidad, en un mundo que tiende a mercantilizarlo todo y cómo hacerlo.
El arte y la espiritualidad a menudo se ven atrapados en dinámicas de consumo, y esto diluye la compleja profundidad que nuestra experiencia. La búsqueda de sentido y su construcción, se transforma en un producto de mercado. ¿Qué podemos hacer? ¿Qué queremos hacer?
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