HOSPITALARIA ARTWORKS

Aceptación y reconocimiento. Contemplación de la vida cotidiana, como actividad artística, para el bien común.

La hospitalidad

«La casa de huéspedes.

El ser humano es una casa de huéspedes.

Cada mañana un nuevo recién llegado.

Una alegría, una tristeza, una mezquindad.

Cierta consciencia momentánea llega

como un visitante inesperado,

¡Dales la bienvenida y recíbelos a todos!

Incluso si fueran una muchedumbre de lamentos,

que vacían tu casa con violencia.

Aún así, trata a cada huésped con honor,

puede estar creándo el espacio

para un nuevo deleite.

Al pensamiento oscuro, a la vergüenza, a la malicia,

recíbelos en la puerta riendo

e invítalos a entrar.

Sé agradecido con quien quiera que venga,

porque cada uno ha sido enviado

Como una guía del más allá.»

(Rumi)

«La casa es nuestro rincón del mundo. Es nuestro primer universo. Es realmente un cosmos.»

(Gastón Bachelard)

En La poética del espacio, Bachelard describe la casa como un lugar de intimidad y ensoñación, un espacio donde las memorias se sedimentan y donde podemos refugiarnos tanto física como espiritualmente.

En este espacio simbólico, la casa no solo es un refugio físico, sino también un refugio psicológico, donde todo lo que llega es recibido, acogido y transformado. Así como la casa se convierte en un lugar de resguardo ante el mundo exterior, el refugio interno se construye como un espacio donde todas las emociones, sin importar su forma o intensidad, pueden encontrar un lugar. Un refugio donde, al igual que en el poema de Rumi, no hay exclusiones. Todo lo que llega es bienvenido, pues cada experiencia tiene algo que enseñarnos.

Este refugio, sin embargo, no es estático. Como la casa que describe Bachelard, el espacio de hospitalidad interior no es simplemente un contenedor, sino un lugar en constante transformación. Cada emoción que llega, cada pensamiento, cada sensación, abre y cierra puertas, desplaza los muebles de las ideas, reorganiza las habitaciones del ser que la habita. A veces, lo que parecía un rincón acogedor se convierte en un pasillo oscuro, una sala desordenada; otras veces, lo parecía que un lugar de caos, se llena de luz. Pero, como bien señala Rumi, todo es bienvenido, porque en la aceptación del visitante, el refugio se convierte en un lugar de crecimiento. La hospitalidad no solo consiste en ofrecer un espacio seguro, sino en permitir que ese espacio se transforme, que se convierta en el lugar que me moldea y que me enseña.

Pero la hospitalidad no solo es una recepción -recibir al huésped, recibir hospedaje- es también un proceso de co-creación. Es un espacio en el que eso que soy se desvanece y se multiplica, y junto con las emociones, pensamientos y experiencias que llegan, colaboro para construir algo más grande que la suma de estas partes, que algún día se desvanecerán para siempre. La casa, como el refugio, no es un lugar de cierre, sino un campo abierto, una espacio que tiene más de un salón, más de una puerta, más de una ventana. Es un espacio de encuentro, donde el hospedaje no es solo un acto de aceptación, sino un acto de apertura y de transformación.

Este refugio es  una respuesta para aliviar el sufrimiento del desamparo, la sed, el cansancio, el frío, la crueldad, el miedo, la ira, los celos…; y también es una posibilidad de reinvención, de creación. En la hospitalidad que ofrezco a estas emociones y pensamientos, les doy el espacio necesario para desplegarse, para ser reconocidas, para saberse vistas y abrazadas. Al abrir la puerta y dejar que entren, encuentro que permitirme convivir con lo incómodo y con lo desconocido me acerca a la realidad del mundo. Y es en este espacio de convivencia, de acogida incondicional, donde empiezo a ver cómo lo que parecía extraño, hostil o incomprensible, se convierte en maestro, maestra que me guía hacia un entendimiento más profundo de este siendo que soy, cambiante y extenso como la Vida. Este interser que alumbra mi cuerpo y su nombre propio.

Es así como el refugio, en su capacidad de recibir todo lo que hay, se convierte en un espacio de sabiduría. Al reconocer y aceptar la fluctuación natural de los pensamientos y las emociones, no solo me ofrezco un lugar donde descansar, sino también un lugar donde, al ser aceptados plenamente, mi percepción de ellas se transforma, y así también la manera en la que observo y penetro en el mundo se despoja más y más de los fantasmas de la confusión. Todos y todas estas visitantes y huéspedes son guías hacia la verdadera naturaleza de las cosas, una parte intrínseca de mi ser, guías que se aproximan con un propósito y con una lección por enseñar. El refugio también es, de esta manera, un maestro que no enseña a través de palabras, sino a través de la experiencia directa del mundo.

De la misma forma en que Bachelard describe la casa como un cosmos que guarda en sí la memoria de nuestro de ser, este refugio interior se convierte en el espacio donde se guardan mis memorias: las del pasado, las del presente que se van creando con cada emoción viva, y las del futuro que cultivo en el presente. Este refugio en un lugar de historia, de recuerdos que no son fijos, recuerdos fluidos, que cambian a medida que yo también cambio. Cada emoción, cada pensamiento, aporta una nueva capa a esa historia, la enriquece, la hace más compleja y, a la vez, más sencilla. Porque en la hospitalidad verdadera no hay juicio, no hay separación entre lo que soy y lo que siento. Todo encaja, todo se reconoce, y es desde este espacio de partes y todos, desde el que comienzo experimentar una paz profunda.

El refugio, la casa, es un campo simbólico donde las emociones, los pensamientos y las experiencias tienen su lugar para crecer y transformarse, un jardín que cultivo con la aceptación y la paciencia. Es un espacio dinámico, vivo, en el que todo lo que entra tiene la posibilidad reconfigurarse, mostrar una faceta diferente, reconocerse como algo más grande que la suma de sus partes. Y como en el poema de Rumi, es este proceso de alquimia el que convierte el refugio en un espacio sagrado, un lugar donde todo lo que entra es valioso, incluso lo que en un primer momento parece incómodo o doloroso.

Es así como la hospitalidad se convierte en un acto subversivo. En un mundo en el que, muchas veces, no  se sabe qué hacer con las emociones complejas o incómodas, con los pensamientos divergentes, con las experiencias incomprensibles…como anfitriona de mi casa, elijo no juzgar, no huir, no reprimir. Elijo ofrecer un espacio en el que lo doloroso y lo difícil también pueden encontrar su lugar. Y, en este acto de resistencia estoy creando un espacio de poder, un poder que no es el del dominio o el del control; es el poder profundo y cálido de la aceptación y de la comprensión profundas. Al resistir la tentación de rechazar lo que me duele, refuerzo aún más la seguridad de este refugio y se vuelve un lugar cada vez más humano, más cálido y confortable, en el que poder existir sin máscaras, sin barreras. Es en este espacio de hospitalidad-resistencia donde las emociones, al ser acogidas, pueden finalmente liberarse de su carga y encontrar el pacífico flujo natural en el que disolverse.

Esta casa, esta hospitalidad es una forma activa de resistencia contra la fragmentación del ser. Me resguardo y me resisto a las formas en las que tiendo a fragmentarme, separándome de lo que soy. Puedo establecerme en la resistencia a la llamada de las identificaciones fijas e inmutables, resisto a las voces que me empujan a encajar en moldes predefinidos. Resisto manteniendo un espacio intacto para el caos creativo, para la reinvención, para la aceptación radical de todo lo que no soy, para su transmutación y su metamorfosis en caminos que enraízan con fuerza en mi profunda y verdadera naturaleza. En este refugio-resistencia-laboratorio, la hospitalidad me permite no solo ser acogedora y compasiva con lo otro, sino también conmigo, resistiendo las presiones de la perfección y de la homogeneización, regocijándome en una felicidad profunda, celebrando con alegría y agradecimiento cada uno de los pasos que me acercan a ella.

Este acto de resistencia activa a la fragmentación del ser es primordial. Al abrir las puertas de mi casa  a lo que se presenta sin rechazarlo, desafío a una de las mayores presiones de nuestra era: la necesidad de controlarlo todo, de encasillar, de hacer que todo encaje en una estructura predefinida, prepensada, preproyectada para el funcionamiento de una entelequia monstruosa, un ideal fantasmagórico y abstracto, inalcanzable y engañoso que promete un progreso infinito, libertad o bienestar, pero que en realidad perpetúa la opresión, la desigualdad, la explotación y el sufrimiento. En lugar de añadir más de lo mismo y levantar muros ante lo que no entiendo, la hospitalidad permite que las emociones, los pensamientos, las experiencias se presenten tal como son, con sus propuestas heterogéneas y sus necesidades particulares, en su   complejidad, en su profunda simplicidad, tal cual son. Hospitalidad y resistencia se convierten en dos caras de la misma moneda, unidas por un propósito común: el de mantener un espacio seguro.

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