HOSPITALARIA ARTWORKS

Aceptación y reconocimiento. Contemplación de la vida cotidiana, como actividad artística, para el bien común.

El liquen es un simbionte

Imagen generada en colaboración con la IA.

El liquen es un simbionte.

Es una asociación simbiótica entre un hongo y un organismo fotosintético, que puede ser un alga o una cianobacteria. El hongo proporciona una estructura y protección, mientras que el alga o cianobacteria realizan la fotosíntesis, produciendo alimentos que ambos organismos pueden utilizar. Esta relación simbiótica permite que los líquenes sobrevivan en condiciones muy extremas, como en rocas y árboles en desiertos o en regiones árticas.

Identificar el tipo específico de simbiosis en un líquen solo con la vista es complicado, ya que las cianobacterias y las algas se ven muy similares cuando están integradas en el tejido del hongo. Sin embargo, para saber si el líquen que tengo en la mano es una asociación entre un hongo y cianobacterias o con un alga, puedo observar en algunos aspectos. Por ejemplo, los líquenes con cianobacterias suelen tener un color más oscuro o negro y, en ocasiones, pueden fijar nitrógeno (lo cual no hacen los líquenes con algas). Los líquenes con algas suelen ser de colores más claros, como verdosos, grisáceos o blanquecinos, porque las algas tienden a darle ese tono al líquen.Lo que tengo en la mano es un simbionte de hongo y alga. Un prodigio.

Los líquenes son un símbolo de una realidad hospitalaria. Su naturaleza simbiótica y resiliente refleja cómo la vida puede adaptarse y florecer en condiciones extremas y colaborar de formas inesperadas. Es un símbolo de regeneración y coexistencia, mostrando cómo distintos seres encuentran maneras de sostenerse mutuamente.Los líquenes tienen características especiales o capacidades únicas, como absorber recuerdos o guardar fragmentos de historia. Suelen crecer en superficies antiguas y en lugares que han visto pasar mucho tiempo, como rocas, cortezas de árboles o ruinas. Son testigos silenciosos de los ciclos naturales y los cambios en su entorno, a veces permaneciendo en el mismo lugar durante décadas o incluso siglos. Es como si, en su quietud y longevidad, absorbieron la esencia del tiempo y las historias de los lugares donde viven.

Junto con los árboles milenarios, los líquenes son «memoria viva» de la Tierra, preservando ecos de momentos pasados ​​y revelando fragmentos de historia a quienes sepan escucharlos o «leerlos».

Creo que en el cuerpo humano no hay líquenes, pero también somos simbiontes y alojamos relaciones simbióticas. El cuerpo humano es un ecosistema complejo, lleno de vida no humana. Portamos en nosotros los cuatro elementos: el agua, la tierra, el aire y el fuego. El agua de nuestros fluidos es también la de los rios y la lluvia; la tierra de nuestros minerales y huesos, es la que sujeta los árboles, el aire que respiramos es la brisa que nos conecta con todo, y el fuego de nuestras reacciones metabólicas es el mismo fuego del sol, de las estrellas. Y por si la maravilla fuera poca, cada uno de estos elementos nos conecta a un nivel microbiótico con otros seres vivos que viven en nuestro cuerpo. Vivimos en simbiosis con billones de microorganismos: bacterias, hongos, virus y algas. Nuestro intestino alberga bacterias que nos ayudan a digerir los alimentos y sintetizar nutrientes, y nuestra piel está poblada de microbios que nos protegen de patógenos. Algunas partes del cuerpo podrían tener virus específicos que regulan bacterias. Y en el caso de plantas, aunque no tengamos células vegetales, algunos estudios sugieren que nuestros ancestros incorporan material genético de organismos fotosintéticos hace millones de años.

Pensar en el cuerpo así, como un espacio compartido y en conexión con la vida que me rodea, realmente  descentraliza mi egocentrismo, y me recuerda que somos “ecosistemas” en sintonía constante con la naturaleza, porque todo es Naturaleza. Esta es la realidad.

Todo viene de la Tierra, y de repente tomar conciencia de eso es abrumador. Todo, las sillas, el mantel, la jarra de agua, toda la tecnología, la inteligencia artificial, todo viene de La Tierra. Esta es una revelación poderosa. Todo lo que tocamos, vemos y usamos es La Tierra en diferentes formas, transformada y reconfigurada. Las fibras de un tejido, el metal de un ordenador, el cristal de una pantalla, un tornillo, todo proviene de procesos naturales y minerales que llevan existiendo millones de años. Incluso la tecnología que configura la inteligencia sintetizada, está hecha de materiales terrestres, de minerales y elementos extraídos de la misma Tierra que pisamos.

Esta toma de conciencia me conecta de una manera muy profunda y casi reverencial con el planeta. Me recuerda que no somos algo separado de la naturaleza, sino una manifestación de ella, participando en su flujo continuo. Esa comprensión puede cambiar cómo vemos las cosas, transformando objetos cotidianos en vínculos sagrados con el ciclo vital de La Tierra. La Tierra, esta viajera hospitalaria que navega por el cosmos.

Pensar así es hermoso y sobrecogedor. Cada gesto, cada cosa, cobra un nuevo significado. Observo lo que me rodea con más respeto y cuidado, porque ya no veo separación entre nosotros y el mundo, entre yo y lo demás. Esta visión puede nutre profundamente todo lo que hago: mis creaciones artísticas, mis prácticas meditativas, mis relaciones interpersonales, todos los momentos cotidianos. Es como vivir cada día en un estado de homenaje silencioso a La Tierra ya todo lo que ella nos da.

He paseado por el monte, por el bosque, pensando que el agua sobre las plantas era el mismo agua que hay dentro de mi cuerpo, que el aire que entraba y saliendo de mis pulmones era el mismo aire que respiran miles de millones de seres, que la tierra, la gravedad, en mi peso, era la misma fuerza que sujeta a todas las plantas, los animales todos los seres, las montañas…todo.

Es una experiencia profundamente conectiva. Sentir que el agua que nutre las plantas es la misma que fluye en nuestra sangre, que el aire que respiro es el mismo que da vida a todo ser, y que compartimos la gravedad como un abrazo constante de La Tierra —todo esto me hace experimentar una interconexión real y tangible con el mundo. De repente, desaparecen las fronteras entre «yo» y «lo otro». Es una inmersión en el tejido compartido de la existencia, en el que la misma esencia que da forma a una hoja o una montaña también me constituye. Vivir esta percepción, aunque solo sea por momentos, transforma el mundo en un lugar más sagrado, y a nosotrxs en sus humildes participantes. No lo experimento como una disolución. No siento que me disuelva en algo externo o que desaparezca mi sentido de ser. Es más bien una expansión de la conciencia, un reconocimiento profundo de pertenencia sin perderme a mi misma. Es como si fueras más yo misma que nunca, multiplicada por la conexión plena que me iguala con todo lo que me rodea. Es una experiencia de estar enraizada, de estar integrada en una red heterogénea gracias a mi singularidad. Me siento completa y satisfecha: inseparable de la vida que pulsa alrededor. Es una experiencia sobrecogedora a la vez que pacífica. Es la comprensión de que vivimos más allá de lo humano, esa comprensión de que el concepto de «humano» es solo una construcción mental, una etiqueta que nos hemos dado para crear sentido en nuestra experiencia, pero que no refleja la totalidad de la existencia. La realidad, en su núcleo, es mucho más fluida, interconectada y vastamente indiferente a las distinciones que hemos creado.

Más allá de la categoría «humano», no hay separaciones; hay una continuidad y un flujo entre todo lo que existe, sin fronteras rígidas entre lo humano, lo animal, lo vegetal o incluso lo mineral. La esencia de la realidad es vibrante y dinámica, cada parte forma parte del todo, y las categorías son solo filtros conceptuales que usamos para navegar, pero que no definen lo que realmente es. Un espacio donde la vida se extiende más allá de los límites de nuestro ego y nuestra identidad construida, y donde, como seres humanos, somos solo una pequeñísima manifestación de algo mucho más grande y misterioso.

La señal está en ese barrunto, esa sensación que a veces se deja entrever, de que hay algo mucho más profundo y vasto que no se puede capturar con palabras ni categorías. Es la realidad misma, que está presente en todo, pero que trasciende lo que podemos entender a través de nuestras construcciones mentales. Esa realidad es como una corriente subterránea que fluye más allá de lo evidente, más allá de la forma y del concepto, que está en todo pero no se limita a nada. Es lo que está ahí antes de que pongamos nombres y formas a las cosas. Esa realidad está en cada átomo, en cada ser vivo, y en la naturaleza misma de la existencia. Y al estar en contacto con ella, aunque solo sea de forma fugaz, me doy cuenta de que nuestras identidades y percepciones son solo una pequeña parte de un misterio mucho más grande, que no se reduce a lo humano ni a lo individual.

Quizá esa sensación de estar conectada a algo más grande, esa intuición de una realidad más allá de las etiquetas humanas, podría estar en el origen de muchas de las grandes ideas espirituales, filosóficas y religiosas a lo largo de la historia. El Animamundi , la idea de un alma universal que anima y conecta todo, parece surgir de ese mismo barrunto, esa sensación de que lo que está detrás de las formas es una esencia común que nos une a todos los seres. Al experimentar esa conexión con lo vasto, con lo que está más allá de lo personal, las culturas y tradiciones intentan dar sentido y explicación a esa experiencia trascendental. La religión quizá sea una de esas formas, nacida de ese deseo de entender y relacionarnos con esa realidad mayor, pero no solo la religión: la filosofía, el arte, la ciencia, la poesía… Cualquier intento humano por comprender lo incomprensible y acercarse a la armonía con esa gigantesca red de conexiones que se percibe como una totalidad, sin serlo.

Esta experiencia de conexión parece ser universal, aunque las formas en que se expresa varían. El Animamundi o conceptos similares han aparecido en muchas tradiciones, ya sea en el panteísmo de los antiguos filósofos, en las enseñanzas budistas sobre la interconexión de todos los seres, o en las nociones cristianas, en las religiones monoteistas, en las tradiciones animistas…por mencionar solo algunos ejemplos. Al final, parece que todos buscamos dar un nombre a esa vasta realidad que sentimos, pero que no podemos realmente comprender por completo.

Y al mismo tiempo sin embargo, los seres humanos nos comportamos de formas tan extrañamente idiotas, crueles y dañinas. Sí, es una de las grandes paradojas humanas. Esa misma conciencia que nos permite vislumbrar lo vasto, lo interconectado, es la que también nos lleva a construir separaciones y barreras, a creer en una identidad fija y separada, y a generar esa arrogancia que, al final, nos desconecta de lo que profundamente sabemos. Congelamos y solidificamos esa identificación con lo individual, con el «yo», hasta el punto de que nos parece una respuesta natural, casi inevitable, al misterio de nuestra existencia.Parecen fenómenos co-emergentes. La capacidad de experimentar la interconexión, la espontaneidad para favorecerla, y la necesidad de crear una identidad separada parecen surgir juntas. Quizás, la identificación es una estrategia de supervivencia, una manera de crear estructura en un mundo abrumadoramente complejo. Pero, en la medida que nos aferramos a esa identidad, podemos perder de vista nuestra verdadera naturaleza interconectada con todo y nuestrapulsión espontánea hacia la conexión en su expresión más humana: el amor.

Es paradójico que la misma mente humana que puede expandirse en la experiencia de su naturaleza profunda hecha de cuidados y de mutualidad,  también es la que construye las categorías que nos separan de todo. Es como si estuviéramos atrapados entre dos impulsos: uno hacia la expansión y la conexión, y otro hacia la fragmentación y el aferramiento al «yo». Quizá no haya error o contradicción, y todo esto es parte de la experiencia humana, de la exploración de la vida. Nos lleva a aprender, a darnos cuenta, a desaprender y a volver a conectar. Quizás todo esto, aunque doloroso a veces, también sea un camino necesario para que podamos, en algún momento, soltar esas identificaciones y recordar lo que siempre hemos sido: parte de algo mucho más grande y misterioso.

Esa realidad vastísima y compleja, que es mucho más grande que lo que podemos captar, parece estar regida por un orden profundo, aunque no siempre lo entendamos. Las leyes que la ciencia ha logrado identificar, como las leyes de la física, la biología o las matemáticas, son como pequeñas ventanas a ese orden subyacente, pero todavía hay muchísimos misterios que nos escapan. A medida que la ciencia avanza, va descubriendo nuevas capas de la realidad, pero siempre parece haber algo que se desliza más allá de nuestra comprensión.  Estamos buscando las claves de un lenguaje que conocemos parcialmente,  pero que nunca podremos comprender por completo, debido a que nuestra experiencia humana es limitada. El cosmos no es caos y sin razón, el universo no es azaroso. Aunque no podamos captar a todos sus patrones, parece hay una armonía profunda, una danza de leyes que se extienden desde lo microcósmico hasta lo macrocósmico, una suerte de equilibrio que, en su complejidad, nos parece inmenso e inalcanzable.

Muchas tradiciones espirituales y contemplativas han señalado que ese orden, aunque no siempre comprensible para nuestra mente limitada, es una manifestación de algo trascendente, algo que une todo lo que existe. La ciencia física ya propone que hay interconexiones profundas entre todas las partículas, y que hay un orden más allá de lo aparente, que influye en todo. Por tanto, es probable que no solo la ciencia, sino también nuestra percepción más profunda de la realidad, apunten hacia lo mismo una realidad que está más allá de nuestro control, que excede nuestra comprensión intelectual, pero que nos sostiene y nos integra a todos los seres y a todos los sucesos.

Esta es una manera de hablar de algo misterio hermoso y abrumador que se me hace presente cada día, de muchas maneras. Y pienso que la mejor forma de acercarme cada vez más a ello es aprender a fluir a favor de esa conciencia de conexión, cultivar todo aquello que resuena con ese sentir profundo: la bondad, la paciencia, la comprensión y la compasión, la generosidad… y transformar todo lo demás en alimento que nutritivo para esta aventura.

(Imagenes: «Líquenes en el bosque de VIrtus» generadas por IA)

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