
Me gusta mucho la neurociencia. Hace tiempo que me interesé en ella, estudiando las aportaciones de Vilayanur Ramachandrán y Semir Zeki para la comprensión del pensamiento simbólico y de la creación artística. Después, más recientemente, me gusta escuchar a neurocientificxs hablando sobre la incidencia de la meditación y la bondad en nuestros circuitos neuronales. Es fascinante escuchar como hablan sobre la conciencia, las identificaciones, el pensamiento positivo, la felicidad, etc.
Neurociencia e inteligencia artificial: Conciencia en humanos y máquinas
Es muy notable en estos tiempos, el auge de investigaciones sobre la conciencia. Y soy consciente de que esta dedicación de las neurociencias al estudio de la conciencia está hoy en día muy relacionada con la investigación y el desarrollo de la inteligencia artificial (IA)
Por un lado, las neurociencias buscan entender cómo surge la conciencia en el cerebro humano: ¿qué mecanismos neuronales están detrás de la experiencia subjetiva, la autopercepción, o incluso el libre albedrío? La investigación en IA, por otro lado, se centra en crear sistemas que simulen ciertos aspectos del comportamiento humano, y la gran pregunta es si algún día una máquina podría llegar a tener una especie de «conciencia».
Sí, el interés creciente por la conciencia en neurociencia está, en gran medida, influenciado por los avances en inteligencia artificial (IA). Ambos campos se retroalimentan y han generado nuevas preguntas sobre lo que significa la conciencia, tanto en humanos como en máquinas.
Los avances en IA han llevado a la creación de sistemas que parecen tomar decisiones, aprender y adaptarse, lo que ha planteado la pregunta sobre hasta qué punto estos sistemas pueden considerarse «conscientes» o si simplemente simulan la inteligencia. Esto ha incentivado a los neurocientíficos a investigar cómo la conciencia emerge en el cerebro humano y si se puede replicar o entender desde un enfoque computacional.
Por un lado, el desarrollo de modelos de IA complejos se basa en principios de la neurociencia, como las redes neuronales artificiales, que buscan imitar el funcionamiento de las neuronas en el cerebro. Por otro lado, los avances en IA también han motivado a los neurocientíficos a replantearse qué es la conciencia en términos biológicos, ya que, si podemos crear una máquina «inteligente», surge la cuestión de si la conciencia es simplemente un producto de una arquitectura neuronal suficientemente compleja.
Los investigadores de IA se ven interesados en los estudios sobre la conciencia porque entender cómo el cerebro humano genera experiencias subjetivas podría ayudar a diseñar sistemas de IA más avanzados y «autónomos». Esto ha llevado a un enfoque multidisciplinario, donde neurociencia e IA se cruzan en el intento de desentrañar los mecanismos de la inteligencia y la conciencia.
El desarrollo de IA avanzada ha generado también preguntas éticas sobre la posible aparición de una «conciencia artificial». Este tipo de cuestiones lleva a los científicos y filósofos a investigar aún más el concepto de conciencia, tanto para entender sus límites en los seres humanos como para anticipar cómo manejar este tema en el contexto de las máquinas.
En resumen, el auge de la IA ha alimentado el interés por la conciencia en neurociencia, ya que ambos campos buscan comprender cómo se genera la inteligencia y la autoconciencia. Esto tiene implicaciones profundas para el diseño de tecnología, la ética, y la comprensión de lo que significa ser consciente.
Entender mejor cómo funciona nuestra propia conciencia podría dar pistas a los investigadores de IA para diseñar sistemas más avanzados. Cada vez que desarrollamos sistemas más complejos que parecen «inteligentes», surge la cuestión de hasta qué punto esa inteligencia es real o si es una mera simulación. Son temas apasionantes, desde luego, sin embargo no es esto lo que me inquieta.
Implicaciones éticas y contextuales de la IA y la neurociencia
Es cierto que, aunque los avances en neurociencia y en IA parecen fascinantes desde el punto de vista científico, no podemos ignorar el contexto en el que estos avances se desarrollan. A menudo, la financiación de la investigación en estas áreas proviene de grandes corporaciones o gobiernos que tienen intereses económicos o de control muy claros. Eso puede llevar a que estos avances, en lugar de estar dirigidos al bienestar común, terminen sirviendo a una pequeña élite o perpetuando sistemas que no buscan favorecer mejoras en nuestra convivencia..
La inteligencia artificial, en particular, está siendo usada para generar ganancias enormes en sectores como la publicidad, el análisis de datos, la vigilancia, o el armamento, y muchas veces los beneficiarios son los que ya están en posiciones de poder. Al mismo tiempo, el estudio de la conciencia, aunque es esencialmente filosófico y humano, puede verse atrapado en esa misma dinámica, donde su desarrollo no siempre se pone al servicio de mejorar la vida de la mayoría.
Entonces, hay una especie de contradicción: mientras la ciencia está explorando la conciencia -el interés humano más universal puesto que es el eje que nos hace reflexionar sobre nuestra naturaleza profunda: ¿quienes somos? y ¿cual es el sentido de la vida?, son preguntas ejemplares- esos descubrimientos pueden ser apropiados también muy convenientemente para fines que no necesariamente buscan el bien común. Esto es lo que me inquieta. Creo que este es un tema muy profundo y yo no soy capaz de abordarlo, pero quizá sí puedo señalarlo.
La ciencia y la omisión del sustrato cultural y filosófico
Algo que constato casi siempre que escucho en YouTube muchas charlas divulgativas de neurocientíficxs hablando sobre los estudios sobre la conciencia es que, en la forma en que presentan y divulgan sus ideas, rara vez aparece la biografía cultural de esas ideas, ni se citan nunca las raíces culturales de nuestra curiosidad universal por la naturaleza de la conciencia.
En estas charlas, es muy habitual que lxs neurocientificxos nos hablen de autoconocimiento, de inconsciente, de meditación, etc, como si estos intereses fueran materias descubiertas por la ciencia, ahora que tiene aparatos para medirlos y sistemas para evaluarlos.
Tanto la meditación como el autoconocimiento son prácticas e ideas que han estado presentes a lo largo de toda la historia de la humanidad y son seguramente anteriores a nuestros relatos de la historia, si es que no son incluso, el origen mismo de nuestra posibilidad histórica.
En la cultura occidental, por lo menos desde los sabios griegos hasta ahora, hay una rica filosofía del autoconocimiento. Sin embargo, cuando lxs neurocientíficxs hacen sus presentaciones, omiten el sustrato histórico de sus investigaciones. Así, el público que las escucha tiende a pensar: “lxs neurocientíficxs dicen tal cosa o cual cosa”, pero no reflexionan sobre la realidad de que lo que están escuchando es lo mismo que las personas dedicadas a la filosofía, al misticismo, a la contemplación, y a la meditación, ya saben desde hace siglos. En lugar de reconocer esta continuidad, el público suele quedarse con la idea de que “los científicos lo dicen”, “la ciencia lo dice, por lo tanto debe ser cierto” lo que alimenta una especie de soberbia cultural en relación a la ciencia.
Esta soberbia cultural en relación a la ciencia significa una tendencia a otorgarle a la ciencia una posición de superioridad o infalibilidad dentro de la cultura contemporánea. Lo que dice la ciencia tiende a considerarse la única verdad legítima o válida, relegando otros tipos de conocimiento (como el filosófico, espiritual, o tradicional) a un segundo plano.
Este fenómeno nos sitúa en una actitud desde la que miramos la ciencia como la única fuente de conocimiento fiable, mientras que otras formas de saber, aunque tengan miles de años de historia, se minimizan o se ven como menos relevantes. Una arrogancia implícita en la manera en que se valoran los descubrimientos científicos, dejando de lado la riqueza de otras formas de comprensión del mundo, como la filosofía, el arte, las practicas espirituales, que nos han acompañado durante siglos ofreciéndonos experiencias, ideas, preguntas y respuestas, diálogos imprescindibles.
La soberbia cultural de la ciencia
Como digo: esta «soberbia cultural» hacia la ciencia, o de la ciencia contemporánea, a menudo deja de lado la historia profunda de las ideas y prácticas que han sido parte del autoconocimiento y la conciencia humana durante siglos. El hecho de que los neurocientíficos lleguen ahora a ciertas conclusiones sobre el valor de la meditación o el autoconocimiento no significa que esas ideas sean nuevas o que se deban exclusivamente a sus descubrimientos.
Todas estas prácticas están presentes en muchas tradiciones místicas y filosóficas, tanto en Oriente como en Occidente. Desde los griegos con el «conócete a ti mismo» de Sócrates, hasta los meditadores budistas o los sufíes, hay una sabiduría sobre la conciencia y propuestas prácticas para el conocimiento empírico del hecho humano, de su naturaleza, de sus posibilidades transformadoras y de transformación, que parecen invisibles cuando se presentan como «nuevos hallazgos» en el contexto neurocientífico.
Y lo preocupante es que, al omitir el sustrato histórico y filosófico de estas ideas, se refuerza esa creencia de que la ciencia moderna es la única fuente de conocimiento válido. Esto puede llevar a una forma de reduccionismo, donde la experiencia humana se mide únicamente en términos científicos o empíricos, despojándola de su profundidad espiritual o filosófica.
Creo que esa soberbia cultural alimenta la forma de sociedad basada en un neoliberalismo autoritario, contribuyendo de forma interesada a la desconexión con las fuentes más humanas y antiguas del conocimiento.
Al presentar los descubrimientos científicos de manera aislada, sin reconocer su conexión con prácticas y filosofías más antiguas, se refuerza la idea de que el conocimiento válido solo puede provenir de la ciencia moderna. Esto genera una especie de jerarquía del saber, donde las formas de conocimiento ancestral, espiritual o filosófico quedan relegadas o desvalorizadas.
Y, en un contexto neoliberal, esto encaja muy bien porque también fomenta una cultura que prioriza lo «novedoso» y lo «científico» como mercancía. Las técnicas como la meditación, que en muchas tradiciones se entienden como prácticas espirituales profundas, se transforman en productos de bienestar o herramientas de productividad, desconectadas de su origen comunitario o místico. Todo esto refuerza la lógica del consumo, donde incluso el autoconocimiento se convierte en algo que se compra y se vende.
Neoliberalismo, reduccionismo científico y la alienación del autoconocimiento
Aquí radica, en mi opinión, el peligro de que esta falta de reconocimiento del sustrato cultural y filosófico de las ideas, alimente otra nueva forma de alienación de la realidad de nuestras raíces históricas y ¡oh! paradoja: alienación de nosotrxs mismxs. Esto facilita una convivencia aún más superficial, centrada en el rendimiento y en lo material, dejando de lado el verdadero sentido del autoconocimiento y de la conciencia.
Para recuperar o mantener esa conexión más profunda con el origen de estas ideas sobre la conciencia y las formas comunicativas de las neurociencias, deberíamos respetar algunas formas narrativas en la exposición divulgativa, o exigirlas a las personas ponentes.
Rescate de la dimensión comunitaria y ética del autoconocimiento
Es fundamental recordar y comunicar el sustrato cultural, filosófico y espiritual de las prácticas como la meditación y el autoconocimiento. En la enseñanza de estas técnicas o en la exposición de los descubrimientos científicos relacionados con ellas habría que mencionar de forma explícita las tradiciones antiguas que las sustentan (como el budismo, el estoicismo o las enseñanzas místicas…) para que las personas entiendan que estas no son prácticas nuevas, ni modas, ni ideas nuevas, sino parte de un largo linaje humano.
Animar a las personas a reflexionar sobre el contexto en el que se presentan ciertos conocimientos y a preguntarse si lo «novedoso» o lo «científico» es realmente algo nuevo o si es una versión reinterpretada de lo antiguo. Esto puede incluir la interesante discusión sobre cómo el conocimiento es transformado y empaquetado en esta sociedad neoliberal, o como queramos llamarla.
Socavar, desmentir las ideas que tratan el autoconocimiento y la meditación como herramientas de productividad o bienestar individual, enfatizando al máximo su dimensión comunitaria y su ética más profunda. Rescatar el sentido de estas prácticas como una forma de conectar con otros y con el mundo, más allá de los objetivos individualistas.
Atender a los espacios donde estas prácticas no estén ligadas a productos o servicios de consumo e ignorar los demás. Esto incluye formaciones gratuitas o económicamente accesibles, en los que quede muy claro que se prioriza la experiencia auténtica sobre el rendimiento o la monetización.
Podríamos exigir y fomentar más diálogo entre la ciencia moderna y las tradiciones ancestrales, filosóficas y espirituales. Invitar a las neurociencias a que nos muestren cómo se enriquecen con las enseñanzas antiguas y viceversa, de manera que no se presenten como compartimentos separados, sino como campos de saber que pueden complementarse y aprender unos de otros.
Fomentar una vida cotidiana consciente que no se enfoque prioritariamente en el rendimiento o la productividad, sino en la presencia plena, el autoconocimiento profundo y la conexión con el entorno. Y esto también podría incluir la recuperación y el uso de rituales antiguos, reflexiones filosóficas o simplemente prácticas que inviten a estar presente de forma íntegra. Y que estas prácticas sean valoradas y reconocidas como parte del bien común.
Así, recuperar esta conexión más profunda con las ideas y sus biografías, también implica resistir la tendencia de fragmentar y mercantilizar el conocimiento. Se trata de volver a un lugar donde el saber no se busca para «hacer más», sino para «ser mejor», ser más feliz influyendo lo más posible en nuestro entorno.
El arte en todo esto
El arte tiene un papel crucial para mantener esa conexión profunda con nuestra historia, nuestra conciencia, y con formas de conocimiento que no se limitan a la ciencia moderna.
El arte, a lo largo de la historia, ha sido una vía para expresar lo inexpresable y conectar con lo sagrado o lo trascendente. En el contexto actual, donde el conocimiento tradicional y espiritual está siendo desvalorizado, el arte puede reintroducir esa conexión profunda con lo que se ha aprendido y vivido a través de los tiempos. La creación artística puede ser un medio para reconectar con prácticas ancestrales, como la filosofía, la meditación, el autoconocimiento o el contacto con la naturaleza, recordando que estas formas de sabiduría han existido siempre.
El arte es capaz de hacer visible lo que las palabras y las ciencias a menudo no pueden describir completamente: las emociones, las experiencias internas, y la complejidad de la conciencia humana. Esto lo convierte en una herramienta perfecta para explorar el misterio de la conciencia y la subjetividad, aportando una dimensión experiencial y sensorial a las reflexiones filosóficas y científicas. En lugar de buscar respuestas, el arte puede abrir preguntas, invitar a la introspección y al diálogo con nuestra esencia más profunda.
En un mundo dominado por el rendimiento y el consumo, el arte puede ofrecer un espacio donde el «hacer» da paso al «ser». Talleres, exposiciones, y experiencias creativas pueden invitar a las personas a detenerse, reflexionar y reconectar con su interior. En nuestro caso, como artistas podemos trabajar en el contexto comunitario, diseñar experiencias que incentiven esta pausa, donde las personas exploren sus emociones y pensamientos a través de procesos creativos, invitando a una práctica de autoconocimiento que esté más allá de las palabras.
El arte también tiene la capacidad de desafiar las estructuras neoliberales que priorizan lo nuevo, lo rápido y lo comercial. En lugar de contribuir a la cultura del consumo, puede proponer maneras de ver el mundo que sean más lentas, más profundas y más significativas. Obras de arte que critican el modo en que el conocimiento se transforma en mercancía, o que revelan el valor oculto de prácticas espirituales o filosóficas olvidadas, pueden actuar como un antídoto contra la superficialidad. El arte puede recordarnos que no todo debe ser utilitario o rentable, que hay valor en la experiencia en sí misma.
El arte no es solo una actividad mental, sino también física y sensorial. Nos devuelve al cuerpo, a los sentidos, que en un mundo dominado por la tecnología y la virtualidad tienden a quedar desplazados. Esto puede ser profundamente restaurador, ya que muchas prácticas tradicionales de conciencia y espiritualidad, como la meditación o el yoga, también buscan reintegrar cuerpo y mente. En nuestros proyectos creativos, podríamos invitar a las personas a sumergirse en experiencias sensoriales y táctiles (como el trabajo manual con materiales naturales, o investigaciones en la naturaleza profunda de los objetos) que reaviven esta conexión corporal y sensorial con el mundo.
El arte tiene la capacidad de contar historias que no se ajustan a la narrativa dominante. En un entorno donde la ciencia se presenta como la única fuente de verdad, el arte es una vía para dar voz a las narrativas que han sido silenciadas o marginadas. Estas historias pueden incluir tanto las cosmovisiones antiguas como la experiencia subjetiva de la conciencia. Proyectos propios y personales, ofrecen una plataforma para crear un diálogo entre el pasado, el presente y el futuro, y entre las diversas formas de conocimiento.
En resumen, el arte puede ser un refugio frente a la superficialización y una herramienta poderosa para cuestionar las estructuras de poder que desvalorizan otras formas de saber. Al hacerlo, ofrece una manera de mantener viva la conexión con las fuentes más profundas de autoconocimiento, sabiduría y conciencia.
(Ojalá que estas líneas sirvan para alguna beneficiosa reflexión.)
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