
[379] La línea es la inteligencia pura en los cuerpos, en las cosas, y como hijo directo de ella, realiza la hazaña de hacer visible lo invisible.[380] La pasión central de la vida es el amor.
La educación en la creación artística comenzó para mí como una ejercitación de la observación de los objetos, tanto exteriores como interiores. Con objetos exteriores me refiero a los objetos que nos rodean. Por objetos interiores me refiero tanto a todo tipo de imágenes mentales como a sentimientos y a emociones. Claro que inicialmente la observación de objetos interiores no fue muy consciente. La educación artística que recibí fue muy académica desde sus inicios. Sin embargo, tuve la suerte de que a mi alrededor la imaginación, la originalidad, la espontaneidad, la franqueza, la reflexión sobre las ideas…se valoraran al mismo nivel que la resolución técnica. Esto animaba mucho a crear. Observando los objetos exteriores, aplicando toda mi atención en observar, en seguir el sentido de la visión (quizá: la mente de la visión), rápidamente los demás sentidos y cada inteligencia de cada sentido se iban asociando. Para esta educación de la percepción me ayudaban las enseñanzas de mis primeros maestros de dibujo, pintura y escultura, y su experiencia transmitida durante horas de práctica. También las teorías sobre la percepción visual recogidas por Rudolph Arnheim, que recorrían de forma solapada toda la experiencia de la observación dirigida a la educación de la mirada. Me interesaron mucho los textos de los artistas. En especial leía textos de Leonardo Da Vinci, las cartas de Vincent Van Gogh a su hermano Thèo, los textos sobre arte de Vasili Kandinsky, los diarios de Paul Klee… Cualquier recomendación procuraba ponerla en práctica. También capturaron mi atención algunas lecturas sobre el trabajo del dibujo en el contexto Zen. Con todo esto fui reconociendo y escuchando el sentido de mis experiencias más juveniles. Fui relacionado el hacer del arte y aquel sentimiento de conexión con algo fiable, bondadoso y saludable en mí. Algo muy distinto a las demandas exteriores que en mi adolescencia me parecían siempre inacabables, muchas veces incomprensibles y otras muchas crueles y voraces. Descubrí que mientras dibujaba (y también mientras leía poesía) todo aquello terrible pasaba a un segundo plano, incluso se evaporaba durante los espaciosos ratos del dibujo. Algo distinto se abría paso o yo me abría paso hacia algo distinto.
[80]La acción verdadera que los sueños de la persona proponen es un despertar del íntimo fondo de la persona, ese fondo inasible desde el cual la persona es, si no una máscara, si una figura que puede deshacerse y rehacerse.
Distintas identificaciones de las que desidentificarme, como capas de cebolla, piel mudada durante el crecimiento. Mis dibujos han sido esos rastros, capas y pieles. Es muy emocionante ir encontrando a lo largo de los años y en dirección hacia el presente, tantos puntos coincidentes con mi experiencia de entonces. Puntos que cartografían una experiencia propia, pero que siento tiene mucho de universal -una experiencia común a todas, de alguna manera- y que provienen de muy diversos lugares culturales. Las neurociencias ya nos cuentan como el pensamiento simbólico, la configuración de las imágenes y la imaginación misma forman parte del proceso humano de adquisición de nuestra conciencia reflexiva. Muchísimos artistas relacionan su experiencia con el pensamiento y con la emoción y con el amor mezclados en un cóctel irreversible, donde cada elemento es inseparable de los demás. John Dewey en su maravilloso libro “El arte como experiencia” lo repite de varias formas, por ejemplo, así:
La existencia del arte es la prueba concreta de lo que acabamos de afirmar abstractamente. Es la prueba de que el hombre usa los materiales y las energias de la naturaleza con la intención de ensanchar su propia vida, y que lo hace de acuerdo con la estructura de su organismo, cerebro, órganos de los sentimientos y sistema muscular. EI arte es la prueba viviente y concreta de que el hombre es capaz de restaurar conscientemente, en el plano de la significación, la unión de los sentidos, necesidades, impulsos y acciones características de la criatura viviente. La intervención de la conciencia añade regulación, poder de selección y redisposición. Así, se producen infinitas variaciones en el arte. Con todo, su intervención también conduce en su momento a la idea del arte como una idea consciente: la más grande conquista intelectual en la historia de la humanidad.
Es emocionante y conmovedor comparar estas palabras de Dewey escritas a principios del siglo pasado, con los actuales estudios en neuroestética (Semir Zeki) que constatan con el método científico y tecnología del siglo XXI, aquellas ideas de Dewey. La comprobación de que la lógica de la inferencia es muy poderosa. Arte y amor
[362] Se descubre en el arte -otro nombre de la humana creación- el anhelo elevado a empeño de reencontrar la huella de una forma perdida no ya de saber solamente, sino de existencia; de reencontrarla y descifrarla.
Cuando la introspección es muy intensa se atisba la universalidad del fondo. Entonces esta identificación llamada yo casi se esfuma, se vuelve un chiste tierno. Y ese acarreamiento doloroso llamado ego, llora su propio peso hasta perderlo. Lo saben muy bien los poetas.
[319] La raíz de la creación poética se hunde en la voracidad, en la avidez insaciable de la realidad, diremos, metafísica.
Hace tiempo leí en algún lugar una idea formulada por Antonio Gala refiriéndose a las personas que nos dedicamos a la creación artística y decía que no hemos nacido para nuestro propio servicio ni para nuestra propia realización siquiera. Nacimos para apoyar a los demás, para enriquecer su vida, agrandarla y prolongarla. La creación artística, su práctica o su estudio y contemplación, no solo abre y amplía nuestra mente, también abre y amplía nuestro corazón. No podía ser de otra manera: ambos son facetas de lo humano. Lo mismo visto desde distintas perspectivas.
[308] Mi realidad depende de otro. Todo ser es interdependiente, por esto al esfumarse el yo durante la práctica de la creación artística, nos sentimos empujadas hacia los demás.
No solo la creación artística es un acto de generosidad, sino la demostración de que somos porque somos intersiendo, interseres, interser. Ahí, en ese campo de amor – que la creación artística abre tan eficazmente, en ese lugar experimentamos la posibilidad de la libertad: nos sentimos libres. Libres de todo lo que no es amor. Este fenómeno humano tiene más de 45.500 años y en él se inscribe nuestra realidad más consistente. No, el arte no necesita de las psicoterapias. Y si son las psicoterapias las que necesitan del arte: está claro que es porque sus cimientos están en tierras poco firmes, poco fiables. Cuando yo hablo de arteterapia me refiero a la acción terapéutica de la creación artística debida a su propia naturaleza, a sus características inherentes, a sus particulares procesos, como vamos viendo. Si la psicoterapia necesita – como parece ser- del arte, de los caballos, de los perros, de la horticultura, de los paseos por la naturaleza, del yoga, de la meditación y del momento presente… El mensaje es fácil de captar: lo que nos cura no es la psicoterapia. La creación artística nos permite explorar nuestras identificaciones, ponernos en la circunstancia de otra persona -luego ver la nuestra desde fuera-, conocer otras culturas, otros géneros, razas y temperamentos. Esta ampliación de nuestra experiencia sensible, sensorial, cognitiva, imaginativa nos permite identificarnos con lo común de nuestros semejantes, experimentar este interser que somos. Y esto nos hace sentir bien, nos produce bienestar.
Las artes nos permiten vivir experiencias que nunca nos ocurrieron en la “vida normal”, permitiéndonos crecer a través de ellas y aprender como si fueran nuestras propias experiencias. A través de una obra de teatro, una novela o un poema podemos entrar en el mundo, los pensamientos y los sentimientos de otra persona. Podemos saber lo que es ser esta persona, desarrollando un sentimiento de empatía hacía ella.
El párrafo anterior pertenece a uno de los “Enfasis distintivos de la Comunidad Budista Triratna” para la que la creación artística aporta oportunidades y características fundamentales para un bienestar profundo y para el desarrollo de un camino espiritual.https://budismo.org.mx/los-enfasis-distintivos-la-comunidad-budista-triratna/
Otro párrafo de la misma procedencia:
Nuestra separación de la naturaleza y el énfasis en lo mundano en nuestra cultura pueden atrofiar nuestra imaginación. Necesitamos contrarrestar esto, ya que la imaginación es una facultad importante en la vida espiritual. Nos permite ponernos en contacto con maneras de ser que están más allá de nosotros en la actualidad. (…) Participar en el arte, ya sea creándolo o apreciándolo, fortalece la imaginación, de igual modo que fortalecemos los músculos haciendo ejercicio físico.
Esta comunidad budista propone desde postulados afines al budismo mahayana, que la creación artística refina y redirige nuestras emociones:
Por lo general, nuestras emociones están vinculadas con un nivel bastante burdo. Lo que les entusiasma generalmente a nuestras emociones tiene que ver con el sexo, el placer físico, el dinero, las posesiones, la seguridad y el ego.
Y señalan también aquello que enfatizaba Antonio Gala en su comentario, y algo que muchas artistas han sentido y seguimos sintiendo:
El mejor arte viene del mismo orden que el Dharma. Los creadores de las grandes obras de arte a menudo hablan de “algo” que se comunica a través de ellos, algo que trasciende a todo aquello y con lo que normalmente están en contacto a lo largo de su día.
Volviendo al libro de John Dewey, El Arte como experiencia, encuentro en él un párrafo en este sentido (pgs. 326 y 327)
Shelley dijo: “La poesía es desde luego el centro y la circunferencia de todo conocimiento; es lo que contiene toda la ciencia y a lo cual toda ciencia debe referirse. Con todo, estos hombres eran poetas y hablaban imaginativamente. EI -aliento y espíritu más fino” del conocimiento está lejos de ser el conocimiento, en su sentido literal, y Wordsworth sigue diciendo que la poesía lleva la sensación a los objetos de la ciencia. Y Shelley también dice, “La poesía despierta y ensancha la mente convirtiéndola en receptáculo de miles de inaprensibles combinaciones del pensamiento”. No encuentro en observaciones tales como estas, ninguna intención de afirmar que la experiencia estética debe definirse como un modo de conocimiento. Lo que se insinúa en mi opinión es que en la producción y en la percepción placentera de las obras de arte el conocimiento se transforma; se hace algo más que conocimiento, porque se mezcla con elementos no intelectuales para formar una experiencia que vale la pena como experiencia en sí misma.
Lo voy a dejar aquí en este momento, preguntándome, preguntándoos ante lo visto y ante lo por ver: ¿Qué significa todo esto? ¿Hacia dónde apunta? Muchas gracias.
(Todas las citas de este texto, antecedidas de una numeración son de Maria Zambrano, del libro: Dictados y sentencias. Edición de Antonio Marí. Editorial Edhasa 1999.)
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