HOSPITALARIA ARTWORKS

Aceptación y reconocimiento. Contemplación de la vida cotidiana, como actividad artística, para el bien común.

Caminos de autodescubrimiento y transformación.

Desde que era adolescente, siempre he sentido una profunda conexión entre el conocimiento y el autodescubrimiento. A los catorce o quince años, comencé a leer los libros de mis padres: desde Herman Hesse hasta C.G. Jung, pasando por una variedad de temas que quizás tuvieran algún hilo conductor que se me hacía invisible en ese momento. Estos fueron los primeros pasos en un camino que ha marcado toda mi vida: la búsqueda de entenderme y entender a los demás y el mundo, a través de la filosofía y el arte.

El arte, en particular, ha sido mi refugio y mi espejo. Lo que siempre me atrajo no era solo la belleza estética, sino el malestar creativo, esa disensión con lo establecido que muchos artistas encarnan. William Blake, Paul Klee, Matisse, Miguel Ángel, Van Gogh, Frida Kahlo, Leonora Carrington, Remedios Varo… Todo el surrealismo. Desde lxs clásicos a lxs contemporánexs, veía en sus obras una lucha por romper los patrones preexistentes, una rebelión que reflejaba su búsqueda interior, y, a su vez, me consolaba e inspiraba a seguir la mía.

Con el tiempo, mi interés se expandió hacia la filosofía, donde descubrí a pensadores como Simone Weil, María Zambrano, Heidegger, Kant, Nietzsche. Ellxs también planteaban preguntas esenciales sobre la existencia y el ser, preguntas que resonaban con mis propias inquietudes. A través de sus palabras y las de los grandes artistas, entendí que tanto el arte como la filosofía son caminos paralelos que nos invitan a transformarnos, a descubrir lo que somos bajo las capas de lo superficial.

A partir de los años 2000, mi interés por el psicoanálisis se volvió fundamental, especialmente cuando comencé a trabajar con personas que sufrían problemas mentales graves. Me comprometí a entender mi propio sufrimiento, lo que me llevó a un análisis personal de seis años, seguido de dos años de análisis docente. Este proceso me ayudó a comprender mejor el sufrimiento ajeno y se relacionó de manera natural con mi interés posterior por el dharma budista, que, de alguna manera, quizá siempre estuvo allí. Así, encontré una coincidencia en el enfoque hacia el sufrimiento y la voluntad de colaborar en aliviar el dolor, tanto el propio como el de los demás.

Y luego llegó el Dharma, que se integró de forma coherente en esta búsqueda personal. Mi estudio y práctica del dharma budista me han aportado una dimensión espiritual que se suma al arte y la filosofía, un camino más hacia el autoconocimiento. Desde pequeña, escuchaba a mi madre hablar de psicología transpersonal, y muchas de las semillas de lo que practico hoy ya estaban presentes en esos retazos de conversación. Así, el dharma no solo encajó, sino que amplió mi visión, reforzando la idea de que el autodescubrimiento es un proceso que va más allá de lo individual.

Desde siempre, he tenido la certeza de que una transformación personal implica, inevitablemente, una transformación del mundo. Cultivar valores positivos, desde la compasión, la bondad, la generosidad y el altruismo, contribuye a generar un mundo mejor. Este ha sido un motor fundamental en mi vida: la convicción de que, a medida que trabajo en mí misma, también estoy plantando semillas de cambio en el mundo que me rodea.

Hoy, mi trabajo artístico, mi estudio filosófico, mi práctica del dharma y los efectos irreversibles también del psicoanálisis se entrelazan, formando un camino coherente hacia la transformación personal y colectiva.

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