
A veces, me encuentro con una obra o con un(a) artista que llega como un imán que hace aflorar algo profundo desde mi interior. William Blake fue para mí uno de esos encuentros. En algún momento de mi adolescencia, en una pequeña colección de libros de historia del arte que tenían mis padres; sus imágenes, sus palabras, su universo encendido de visiones me golpearon con suavidad y fuerza. Como si alguien hubiese estado nombrando lo innombrable dentro de mí, y me ofreciera, me lo dejara de herencia.
Cuando encontré a William Blake quedé en suspensión, absorta. Sentí una fuerza que me arrancaba de lo concreto de cuajo, elevándome por los aires hacia paisajes que mi curiosidad observaba con avidez, entregándome allí la llave del sentido.

Me fascinó su trabajo – y lo sigue haciendo, independiente de las corrientes culturales de su entorno. Sus imágenes: escenas, fenómenos sucedidos en ese Espacio Imaginal común a toda la humanidad, donde se realizan los trasiegos entre lo relativo y lo absoluto. Ese espacio que realmente habitamos.
Me gusta que su trabajo sea físicamente tan pequeño, los tamaños de sus obras son a menudo diminutos, como pequeños sellos de correos. Y sin embargo los temas son tan trascendentes y el espacio que abren en mi mente es tan enorme. Sus pequeños grabados son como ventanas diminutas hacia un espacio de amplitud infinita en el que habitan los sucesos que verdaderamente nos rigen.
También me gusta el hecho de que su trabajo no estuviera dirigido a la venta. El ya era grabador y ese era el trabajo que le permitía vivir. Poeta, grabador, pintor y visionario, su obra es inclasificable: mística, crítica social, arte y poesía desde una subjetividad tan radical y tan pura que accede a cuestiones universales. Blake no concebía el arte separado de la visión espiritual. No sólo creaba imágenes o poemas, sino mundos completos —mitologías personales que hablaban de la caída, la redención, la imaginación, el alma, lo divino. la imagen, la palabra y el espíritu se entrelazan.
Combinaba texto e imagen continuamente, con naturalidad, sin que la imagen fuera una ilustración. Ambos complementários.

“Si las puertas de la percepción se purificaran, todo aparecería al hombre como es: infinito.” —William Blake
Una percepción purificada que las voces de mis personajes, y la bando sonora de mi mente también comparte: personajes que excavan, recuerdan, transmutan y sanan.
Blake hacía sus propios libros ilustrados, escribía los textos, grababa las imágenes, los imprimía a mano, y luego pintaba cada copia: como me gusta hacer con mis impresiones únicas intervenidas… Esta forma de usar el libro está en profunda sintonía con esta manera de entender el libro o el objeto editorial como obra total, como algo más que un soporte: como un espacio de revelación. Esto me encanta y trabajo en ello a diario. Cuando hablo de «libro», me refiero a su significado básico, al objeto: un conjunto de hojas de papel u otro material, generalmente escritas o impresas, encuadernadas juntas y protegidas por una cubierta. El libro como artefacto total.
Muy posteriormente en mi vida encontré a Henri Corbin y sus ideas de la imaginación como órgano espiritual. Pero esta cualidad de la imaginación la conozco desde la infancia y la reconocí en el trabajo de William Blake como si algo en mí se mirara en un espejo. Para Blake, la imaginación no era fantasía ni entretenimiento, sino la facultad más elevada del ser humano, la que nos conecta con lo divino y con la verdad.

Blake denunciaba la religión dogmática, la razón sin alma, y las estructuras opresivas de su tiempo. A través de lo simbólico, lo profético y lo visionario, proponía una renovación profunda del alma, de nuestro paradigma vital y de la sociedad. Hospitalaria también propone una crítica implícita: no desde el panfleto político, sino desde la construcción de una posibilidad amorosa y simbólica. Ojalá que mi trabajo sea infundido de esa espiritualidad no dogmática, que se comunica a través de signos, de seres, de metamorfosis… La convoco diariamente, desde que me levanto.
William Blake creó una cosmología que parece salida de una mezcla entre la Biblia, alquimia, sueños y rebelión. En mi trabajo se dá una mezcla similar: Elder Kiering, los Númings, Nimir Silvius, Fluxor Axis… forman parte de un panteón propio que no busca repetir modelos, sino construir arquetipos nuevos desde una intuición íntima y profunda con la que pueden corresponderse, a la que pueden dar voz.
Blake imprimía en su casa, no se sometía a las modas ni al mercado. Prefería la verdad visionaria a la fama. Yo trabajo desde lo artesanal, desde mi casa y desde «la casa», desde lo íntimo, haciendo piezas únicas con papeles especiales, interviniendo cada uno, eligiendo cuidadosamente precios accesibles, ajena a la lógica comercial. Me gusta pensar que esto es también profundamente blakeano.
William Blake es uno de mis benefactores, podría ser una especie de ancestro espiritual para mi trabajo: no tanto una influencia directa, sino un maestro en el linaje de quienes ven el arte como visión, como oración, como reparación, como creación de mundos. Al igual que él, no busco imitar el mundo visible, sino hacer visible lo invisible. Ojalá mi Hospitalaria pueda ser una continuación, en clave contemporánea y post-tecnológica, de esa tradición secreta de artistas que son también místicos, alquimistas, constructores de realidades interiores. Y ojalá todo ello pueda ser beneficioso.
Esta es la dirección de El Archivo de William Blake. Un sitio web que recoge toda la obra de este hombre tan particular: https://www.blakearchive.org/
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